La carga insoportable
Después del ataque, Gregor apenas podía moverse. La herida en su espalda ardía constantemente y cada intento de desplazarse le recordaba la fragilidad de su cuerpo. La habitación se volvió más oscura, no solo por la falta de luz, sino porque la atención hacia él disminuyó hasta casi desaparecer.
La familia comenzó a tratar su existencia como un problema logístico. Había que limpiar, ventilar, ocultar. Gregor ya no era una preocupación emocional, sino una carga que interfería con la rutina. La presencia de inquilinos en la casa intensificó esta sensación: Gregor debía permanecer invisible, silencioso, reducido al mínimo.
Grete, antes su único vínculo, cambió definitivamente. El cuidado se volvió brusco, impaciente. La habitación se llenó de objetos inútiles, muebles abandonados, como si el espacio de Gregor fuera ahora un depósito. Ese amontonamiento reflejaba lo que él mismo había pasado a ser: algo sobrante, sin función.
Gregor escuchaba conversaciones fragmentadas. Quejas. Cansancio. Vergüenza. Comprendió que su mera existencia pesaba más que cualquier recuerdo de lo que había sido. El amor había sido reemplazado por la necesidad de orden y normalidad.
En medio de esa indiferencia creciente, Gregor dejó de luchar. No por resignación inmediata, sino por comprensión. Entendió que ya no había un lugar para él, que su permanencia prolongaba el malestar de los demás. La idea de desaparecer comenzó a parecerle un acto de alivio, no solo para la familia, sino también para sí mismo.
Ese reconocimiento —silencioso y devastador— marcó el final de su resistencia. Gregor ya no era rechazado de forma violenta; era ignorado. Y en esa indiferencia absoluta, su condición se volvió verdaderamente insoportable.