El despertar y la transformación
Gregor Samsa despertó una mañana después de un sueño intranquilo y descubrió que se había transformado en un insecto monstruoso. No hubo gritos ni preguntas desesperadas, solo una aceptación extrañamente tranquila de lo imposible. Su primera preocupación no fue su nuevo cuerpo, sino el trabajo. Llegar tarde significaba problemas, reproches, amenazas. Incluso convertido en algo inhumano, Gregor seguía atrapado en la lógica de la obligación.
Intentó moverse. Su cuerpo, cubierto por un caparazón duro, respondía torpemente. Las numerosas patas se agitaban sin coordinación. Cada movimiento requería un esfuerzo agotador. Aun así, Gregor insistía, convencido de que debía levantarse, vestirse y salir. La transformación no parecía alterar su sentido del deber.
Desde el otro lado de la puerta, su familia comenzó a inquietarse. Su madre preguntaba con preocupación, su padre con impaciencia. La voz de Gregor, al intentar responder, ya no sonaba humana. Las palabras se deformaban, incomprensibles. La incomunicación se hacía evidente incluso antes de que su familia lo viera.
La llegada del gerente de la empresa intensificó la tensión. Gregor, reducido ahora a una carga, luchaba por abrir la puerta, por mostrarse, por explicar lo inexplicable. Cuando finalmente lo logró, el horror fue inmediato. La visión de su nuevo cuerpo provocó miedo, repulsión y rechazo. El gerente huyó. Su familia quedó paralizada.
En ese instante, Gregor comprendió que algo irreparable había ocurrido. No solo había perdido su forma humana, sino también su lugar en el mundo. La habitación, antes un refugio, se convirtió en una prisión. El primer capítulo marca así el inicio de una doble transformación: la física, visible y grotesca, y la social, silenciosa y devastadora.