El encierro y el deterioro

Capítulo 2 • 27 Ene 2026 8 vistas 2 min

Con el paso de los días, la habitación de Gregor se transformó en su único mundo. Las puertas permanecían cerradas, y el contacto con su familia se reducía a breves y tensos encuentros. Su presencia ya no generaba preocupación, sino incomodidad. Gregor dejó de ser hijo y hermano; se convirtió en un problema que debía ocultarse.

Su hermana Grete asumió, al principio, el rol de cuidadora. Le llevaba comida, limpiaba la habitación y evitaba mirarlo directamente. Ese gesto, aunque frío, representaba el último vínculo humano que le quedaba. Gregor, incapaz de comunicarse, observaba en silencio cómo la compasión se mezclaba lentamente con el cansancio.

El cuerpo del insecto comenzó a imponerse sobre su mente humana. Sus gustos cambiaron, la comida que antes disfrutaba ahora le resultaba repulsiva. Poco a poco, la memoria de su vida anterior se fue diluyendo. El tiempo perdió sentido, y el encierro se volvió rutina.

Mientras tanto, la familia también se transformaba. Obligados a trabajar, los padres y la hermana comenzaron a recuperar una independencia que antes Gregor sostenía económicamente. La carga se desplazó. A medida que la familia se fortalecía, Gregor se debilitaba.

El padre, incapaz de aceptar la existencia de su hijo transformado, reaccionó con violencia. En un momento decisivo, lo atacó arrojándole manzanas, una de las cuales quedó incrustada en su cuerpo, causándole una herida que nunca sanó. Ese acto marcó un punto de no retorno. La agresión no fue solo física, sino simbólica: Gregor dejó de ser parte de la familia.

El encierro no solo deterioró su cuerpo, sino también su identidad. La habitación se llenó de objetos inútiles, como si su existencia misma fuera un estorbo. Gregor, cada vez más débil, comenzó a comprender que su presencia ya no tenía lugar en ese hogar.

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