La espera
Después del segundo entierro, la casa quedó suspendida en un silencio espeso. Louis no dormía. Escuchaba cada crujido, cada cambio en el aire, como si el mundo contuviera la respiración junto a él. La espera era peor que la acción. Hacer había sido terrible; aguardar era insoportable.
El tiempo se distorsionó. Las horas parecían estirarse sin avanzar y, de pronto, comprimirse en instantes de ansiedad pura. Louis repasaba mentalmente cada advertencia, cada señal ignorada, cada decisión tomada desde el dolor. Sabía lo que podía venir, pero no podía dejar de esperar algo distinto, una excepción imposible.
Rachel no estaba. La casa, sin ella, se sentía más vulnerable, como si hubiese perdido su último ancla con la normalidad. Louis caminaba por las habitaciones como un vigilante, atento a cualquier cambio, a cualquier sonido que indicara que lo enterrado había comenzado a regresar.
La noche se volvió un territorio hostil. La oscuridad parecía tener peso, densidad. Louis se sorprendió imaginando pasos, respiraciones, presencias. No sabía si temía que ocurriera algo… o que no ocurriera nada y la espera se prolongara indefinidamente.
En su mente, la justificación se desmoronaba. Ya no podía decirse que actuaba por amor. Lo que lo sostenía era la incapacidad de aceptar la pérdida, el rechazo absoluto a dejar ir. La espera lo obligó a enfrentarse a esa verdad sin distracciones.
Cada segundo que pasaba reforzaba una certeza terrible: cuando lo enterrado regresara, no habría forma de deshacerlo. No existiría una tercera oportunidad, ni una advertencia final. Solo consecuencias.
Louis comprendió que la espera no era un intervalo entre dos actos, sino parte del castigo. El antiguo cementerio no se apresuraba. Sabía que el miedo crece mejor en el silencio, y que la anticipación puede quebrar incluso al hombre más racional.
Y mientras la casa permanecía inmóvil, algo —en algún lugar del bosque— comenzaba a moverse.