Epílogo — Lo que queda enterrado
Con el tiempo, Ludlow volvió a parecer un pueblo tranquilo. La carretera siguió devorando kilómetros, los bosques permanecieron inmóviles y las casas recuperaron su rutina aparente. Para quienes miraban desde afuera, nada había cambiado. Pero la tierra conserva memoria, y hay lugares que no olvidan.
El antiguo cementerio seguía allí, oculto más allá del sendero infantil, indiferente a los nombres y a las historias humanas. No necesitaba ser visitado para ejercer su influencia. Bastaba con existir. Bastaba con que alguien, en algún momento, se negara a aceptar la pérdida.
Lo que ocurrió con los Creed no fue una excepción, sino una advertencia silenciosa. Una prueba de que el amor, cuando se transforma en negación, puede convertirse en una fuerza destructiva. La muerte, ignorada o desafiada, no se rinde; responde.
En el fondo, la historia no habla de un lugar maldito, sino de una debilidad profundamente humana: el deseo de traer de vuelta lo irrecuperable. Mientras ese deseo exista, el límite seguirá siendo tentador, y la tragedia, posible.
Al final, no todo queda enterrado bajo la tierra. Algunas decisiones permanecen vivas, esperando repetirse en otros corazones, en otros duelos, en otras noches silenciosas.
Y así, aunque la historia termine en estas páginas, el verdadero horror continúa donde siempre ha estado:
en la incapacidad de aceptar que algunas despedidas son definitivas.