El cementerio de las mascotas

Capítulo 2 • 03 Feb 2026 1 vistas 2 min

Detrás de la casa, más allá del bosque, existía un sendero apenas visible entre los árboles. Era un camino estrecho, marcado por pisadas pequeñas y ramas dobladas por el paso constante de niños. Un día, Jud Crandall llevó a la familia Creed por allí, como si se tratara de una tradición que debía cumplirse.

Al final del sendero apareció el cementerio de las mascotas.

No era un lugar solemne ni ordenado. Pequeñas cruces de madera, lápidas improvisadas y nombres escritos con faltas de ortografía marcaban las tumbas de perros, gatos y otros animales queridos. Cada sepultura contaba una historia infantil de pérdida y despedida. El lugar tenía algo inocente y triste a la vez, una mezcla de ternura y duelo temprano.

Ellie quedó fascinada. Para ella, aquel sitio era una forma de entender la muerte sin enfrentarse por completo a su dureza. Louis observó en silencio, consciente de que los niños del pueblo aprendían demasiado pronto a despedirse. Jud explicó que el cementerio existía desde hacía generaciones y que todos, tarde o temprano, acababan llevándole algo.

El gato Church fue el centro de la atención. Ellie preguntó qué pasaría cuando él muriera. La pregunta cayó como un peso invisible. Louis respondió con evasivas, incómodo. Rachel, en cambio, se alteró visiblemente. Para ella, la muerte no era un tema neutro; era una herida abierta del pasado.

Aunque el lugar parecía inofensivo, Louis percibió una sensación extraña. No era miedo, sino algo más sutil: una incomodidad que no lograba explicar. El cementerio cumplía una función clara, pero también parecía marcar un límite. Como si allí terminara lo que debía ser aceptado y comenzara algo que no debía cruzarse.

Jud, antes de regresar, lanzó una advertencia apenas perceptible. Habló de respeto, de dejar a los muertos donde estaban. No insistió. No fue necesario. El silencio del bosque parecía decir lo mismo.

El cementerio de las mascotas no era el final del camino. Era solo el primer aviso de que en Ludlow, la muerte tenía raíces profundas… y algunas no estaban destinadas a permanecer enterradas.

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