El vecino que sabe demasiado

Capítulo 3 • 03 Feb 2026 1 vistas 2 min

Jud Crandall no era un hombre que hablara por hablar. Cada palabra que pronunciaba parecía haber sido medida por el peso de los años y por recuerdos que prefería no remover. Para Louis, Jud se convirtió rápidamente en una figura familiar: amable, cercano, pero envuelto en una calma extraña, como si conociera verdades que no se dicen a la ligera.

Con el paso de los días, Louis empezó a notar que Jud observaba el bosque con una atención particular. No era simple costumbre ni nostalgia. Había en su mirada una mezcla de respeto y cautela, como si aquel lugar exigiera silencio. En una conversación aparentemente trivial, Jud mencionó que el cementerio de las mascotas no era el único sitio de enterramiento en esos terrenos.

Sus palabras fueron vagas, casi descuidadas, pero dejaron una huella profunda.

Habló de un lugar más antiguo, más allá del cementerio infantil. Un terreno que existía desde antes del pueblo, antes incluso de que alguien pudiera recordar quién fue el primero en pisarlo. Jud no dio detalles. No explicó por qué no debía visitarse. Solo dijo que algunas cosas no regresan como se espera.

Louis, como médico y hombre racional, intentó interpretar esas palabras como supersticiones locales. Pensó en leyendas rurales, en miedos heredados. Sin embargo, algo en el tono de Jud le impedía descartarlo del todo. No hablaba como alguien que teme lo desconocido, sino como alguien que ya lo había visto.

Rachel, al enterarse de estas conversaciones, se mostró inquieta. El tema de la muerte la perturbaba profundamente. Para ella, no había consuelo en rituales ni explicaciones. Solo vacío. Jud lo notó, y por primera vez pareció arrepentirse de haber dicho demasiado.

Antes de despedirse aquella tarde, Jud miró a Louis con seriedad y le dijo algo que quedó grabado en su mente: a veces, la muerte es mejor. No lo dijo como una amenaza, sino como una advertencia nacida del cansancio.

Louis no respondió. Aún no comprendía el alcance de esas palabras. Pero el bosque, silencioso e inmóvil, parecía escucharlos. Y en ese silencio antiguo, se insinuaba una verdad incómoda: Jud sabía mucho más de lo que estaba dispuesto a contar, y cuando llegara el momento, ese conocimiento sería imposible de ignorar.

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