La negación del horror
Louis se negó a aceptar lo que veía. Cada señal, cada gesto extraño, cada silencio incómodo era reinterpretado como una etapa, una consecuencia pasajera del trauma. La negación se volvió su refugio. Admitir la verdad significaba reconocer que había cometido un error imperdonable, y esa idea era más aterradora que cualquier otra cosa.
La casa comenzó a cambiar. No físicamente, sino en su atmósfera. El aire parecía pesado, cargado de una tensión constante. Las conversaciones se volvieron breves, cautelosas. Louis evitaba las miradas prolongadas, como si temiera encontrar en ellas la confirmación de sus peores sospechas.
Rachel, ajena al secreto, percibía que algo estaba mal, pero no lograba nombrarlo. Su inquietud crecía, alimentada por una sensación persistente de peligro. Louis, atrapado entre el miedo y la culpa, eligió el silencio. Creyó que callar era proteger, cuando en realidad solo profundizaba la distancia.
El horror no llegó de golpe. Se insinuó en pequeños detalles: una risa fuera de lugar, una reacción desmedida, una ausencia total de empatía. Lo que había regresado parecía observar el mundo sin comprenderlo, como si imitara la vida sin pertenecerle.
Louis se aferró a la rutina, a la lógica médica, a cualquier explicación que le permitiera seguir adelante. Se dijo que todo tenía arreglo, que había hecho lo correcto por amor. Pero en el fondo sabía que estaba sosteniendo una mentira.
La negación no borró el horror. Lo alimentó. Cada intento de justificar lo injustificable permitió que lo incorrecto se afirmara con más fuerza. Louis había querido desafiar a la muerte, y ahora se encontraba luchando contra algo mucho peor: la imposibilidad de aceptar las consecuencias de su elección.
En ese silencio cargado de tensión, el horror dejó de ser una amenaza externa. Se convirtió en parte de la casa, de la familia… y del propio Louis.