El duelo que consume
El duelo no se detuvo con el regreso. Al contrario, se volvió más profundo, más corrosivo. Louis creyó que había desafiado a la muerte para aliviar el dolor, pero descubrió que solo lo había transformado en algo constante y omnipresente. La pérdida ya no era un hecho pasado; era una herida abierta que no dejaba de supurar.
La culpa comenzó a dominarlo. Cada mirada evitada, cada silencio incómodo, cada gesto fuera de lugar le recordaba que había sido él quien tomó la decisión. No podía compartir ese peso con nadie. Jud había advertido. Rachel no debía saber. Ellie estaba demasiado cerca del borde. Louis quedó solo con su secreto.
El cansancio se volvió permanente. Dormía poco, pensaba demasiado. Revivía una y otra vez el momento del entierro, el camino por el bosque, la elección final. En su mente, intentaba reescribir los hechos, convencerse de que no había otra opción. Pero la verdad regresaba siempre: había actuado desde el miedo, no desde el amor.
El duelo comenzó a consumirlo de forma silenciosa. No con lágrimas, sino con una tensión constante que lo alejaba de todos. Louis ya no era el médico seguro ni el padre presente. Era un hombre atrapado entre lo que había perdido y lo que había traído de vuelta.
La casa se convirtió en un espacio de vigilancia permanente. Louis observaba, anticipaba, temía. Vivía esperando el próximo error, el próximo signo de que lo incorrecto terminaría por revelarse por completo. La vida cotidiana se volvió una sucesión de momentos contenidos, de respiraciones sostenidas.
Comprendió, demasiado tarde, que el duelo no puede ser engañado. Que intentar evitarlo solo lo vuelve más poderoso. Y en ese desgaste constante, Louis empezó a perder algo más que la paz: empezó a perderse a sí mismo.
El dolor ya no era solo por lo que había muerto, sino por lo que estaba muriendo dentro de él.