Capítulo 1

El peor primer día

12 Mar 2026 4 vistas 3 min

Hay algo profundamente injusto en que tu peor enemigo huela tan bien.
Eso fue lo primero que pensé cuando Martín Acosta se sentó a mi lado en el auditorio de la Maestría en Comunicación Estratégica de la Universidad del Pacífico. No lo pensé con esas palabras exactas, claro. Lo que pensé fue algo más cercano a "tiene que ser una broma".
Yo llevaba tres años planeando esta maestría. Tres años ahorrando, preparándome, imaginando este momento. Y ahora, el primer día, en la primera fila —mi fila—, estaba él. El tipo que me quitó la beca de investigación en la licenciatura. El tipo que presentó su tesis sobre narrativas digitales tres semanas antes que yo y me dejó sin tema original. El tipo que, en la ceremonia de graduación, tuvo la desfachatez de decirme "buena suerte con lo tuyo" mientras sostenía el diploma con honores que debió ser mío.
Martín Acosta. Alto. Pelo oscuro que le caía sobre la frente como si acabara de levantarse, aunque probablemente se tardaba veinte minutos en lograr ese efecto. Mandíbula definida. Ojos color café que siempre parecían estar burlándose de algo. De mí, específicamente.
—Isidora Vega —dijo, como si mi nombre fuera un chiste privado—. Qué grata sorpresa.
—Martín —respondí sin mirarlo, abriendo mi laptop con más fuerza de la necesaria—. No sabía que aceptaban a cualquiera.
Él soltó una risa baja. Grave. El tipo de risa que te vibra en algún lugar incómodo del pecho.
—Beca completa —dijo, reclinándose en la silla con esa postura de dueño del mundo que tanto me irritaba—. ¿Y tú?
Apreté los dientes. Yo también tenía beca completa, pero no le iba a dar la satisfacción.
—No necesito validarme contigo.
—Nunca dije que lo necesitaras. Pero acabas de hacerlo.
Antes de que pudiera responder, la directora del programa entró al auditorio. Dra. Luciana Herrera. Pelo canoso recogido, traje impecable, mirada de alguien que ha desmontado campañas presidenciales y ha vivido para contarlo.
—Bienvenidos a la Maestría en Comunicación Estratégica —dijo, sin preámbulos—. Este programa dura dieciocho meses. Solo la mitad de ustedes lo terminará. Y de esos, solo dos obtendrán la recomendación directa para el Programa de Liderazgo de la OEA en Washington. Dos. De treinta y seis.
El auditorio se tensó. Yo sentí algo encenderse dentro de mí. Washington. Eso cambiaba todo.
—Para el primer semestre, trabajarán en parejas. Las parejas ya fueron asignadas según sus perfiles complementarios.
Empezó a leer nombres. Yo cerré los ojos.
No. No. No.
—Isidora Vega y Martín Acosta.
Alguien en algún lugar del universo me odiaba con una intensidad creativa.
Giré para mirarlo. Él ya me estaba mirando. Tenía esa media sonrisa que hacía que quisiera lanzarle mi laptop.
—Parece que el destino tiene sentido del humor —dijo.
—El destino no tiene nada que ver. Es un algoritmo mal hecho.
—Entonces será un semestre interesante.
—Será un semestre de supervivencia.
Él se inclinó hacia mí. Solo un poco. Lo suficiente para que pudiera notar que olía a café recién hecho y algo amaderado, como sándalo. Lo suficiente para que mi cerebro registrara la proximidad como una amenaza.
—Isidora —dijo, bajando la voz—. Puedes fingir que me odias todo lo que quieras. Pero vamos a ganar esas dos plazas. Tú y yo.
—¿Juntos? —la palabra me salió con más veneno del que pretendía.
—No. Uno contra el otro. Como siempre.
Se reclinó de vuelta. Volvió a mirar al frente. Y yo me quedé ahí, con el pulso demasiado rápido para ser solo rabia.
Ese fue el problema desde el principio. Con Martín, nunca era solo rabia.

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