Capítulo 10

La decisión

12 Mar 2026 4 vistas 4 min

—Isidora Vega.
Abrí los ojos. El auditorio aplaudía. Camila gritaba. La Dra. Herrera me miraba con esa micro-sonrisa que era su versión de un abrazo.
Miré a Martín. Estaba aplaudiendo. De pie. Con los ojos brillantes.
"Te lo dije", articuló sin sonido.
Subí al escenario. Estreché manos. Dije las palabras correctas. Agradecí a quienes debía agradecer. Sonreí para la foto.
Y por dentro estaba destruida.
Porque ganar lo que siempre quise significaba que Martín perdía. Y descubrir que su derrota me dolía más que mi victoria me alegraba fue la revelación más aterradora de mi vida.
Lo busqué después. No estaba en el auditorio. No estaba en la cafetería. No estaba en la sala siete.
Lo encontré en la azotea del edificio de comunicaciones. Un lugar al que técnicamente no se podía acceder, pero al que todos accedían. Estaba sentado en el borde, con las piernas colgando, mirando la ciudad.
Me senté a su lado. Sin pedir permiso. Sin preguntar si podía.
—Felicitaciones —dijo. Sonaba sincero. Eso lo hacía peor.
—No quiero felicitaciones.
—¿Qué quieres?
—Quiero que esto no duela.
—¿Te duele?
—Me destroza.
Él giró para mirarme. Tenía los ojos rojos pero no había llorado. Martín Acosta era demasiado orgulloso para llorar. Pero estaba al borde.
—Escúchame —dijo, tomándome ambas manos—. Tú trabajaste más duro. Tu propuesta era mejor. Llevas toda la vida preparándote para esto. No te atrevas a sentirte culpable.
—No me siento culpable. Me siento partida en dos.
—¿Por qué?
—¡Porque Washington son seis meses! ¡Seis meses lejos! Y no sé si esto sobrevive a la distancia, a la competencia, a todo lo que siempre se interpone entre nosotros!
—Isidora...
—¡Y lo peor es que sé que debería estar feliz! ¡Es lo que siempre quise! ¡Y lo único que puedo pensar es que no quiero irme sin ti!
Se me quebró la voz. Se me quebró todo. Las lágrimas llegaron antes de que pudiera detenerlas.
Martín me abrazó. Ahí, en la azotea, con la ciudad extendiéndose debajo de nosotros, me sostuvo mientras lloraba contra su pecho. Ese pecho que olía a café y sándalo y que se había convertido, sin que yo lo planeara, en mi lugar favorito del mundo.
—Escúchame bien —dijo, con la boca contra mi pelo—. Vas a ir a Washington. Vas a ser brillante, porque es lo que eres. Y yo voy a estar aquí, terminando la maestría, trabajando en mis propios proyectos, extrañándote cada día. Y cuando vuelvas, vamos a sentarnos en algún lugar —puede ser esta azotea, puede ser mi cama, puede ser el estacionamiento de la costanera— y vamos a decidir qué sigue.
—¿Y si cuando vuelva ya no sientes lo mismo?
Me apartó suavemente. Me tomó la cara con las dos manos. Me miró con una intensidad que me quitó el aire.
—Isidora Vega, llevo seis años obsesionado contigo. Tres como rival y tres como el idiota que no sabía cómo decírtelo. ¿De verdad crees que seis meses van a cambiar eso?
—La gente cambia.
—Yo no. No en esto.
Lo besé. Ahí, en la azotea, con la ciudad como testigo. Lo besé con sal en los labios y el corazón abierto y una certeza nueva, frágil y feroz: que algunas cosas valen más que las plazas, las nominaciones y los planes perfectamente organizados en spreadsheets.
—Ven a mi departamento esta noche —dijo.
—¿Para qué?
—Para despedirnos bien. Tienes un mes antes de irte. Quiero que cada noche de ese mes cuente.
—Eso suena a una propuesta peligrosa.
—Contigo todo es peligroso. Es lo que me gusta.
Esa noche, en sus sábanas azules, hicimos el amor como si el tiempo fuera finito. Porque lo era. Con una urgencia nueva, una ternura desesperada, una atención al detalle que habría impresionado a la Dra. Herrera si hubiera sido un proyecto de investigación.
Él descubrió que yo tenía un lunar en la parte interna del muslo izquierdo y lo besó como si fuera un hallazgo arqueológico. Yo descubrí que cuando le susurraba en el oído en español —las cosas que quería, exactamente como las quería— él perdía toda compostura.
Después, enredados, sudados, con la respiración todavía irregular, dijo:
—Quiero que sepas algo.
—¿Qué?
—No competí por la plaza para ganarla. Competí para que tú tuvieras que dar lo mejor de ti. Sabía que si te presionaba, ibas a crear algo extraordinario.
—¿Me estás diciendo que perdiste a propósito?
—No. Perdí porque tú eras mejor. Pero no me importó perder porque significaba que tú ibas a llegar adonde mereces.
—Eso es lo más romántico y lo más insoportable que me han dicho jamás.
—De nada.
Le mordí el hombro. Él se rio.
Treinta noches. Teníamos treinta noches antes de Washington.
Íbamos a hacer que cada una contara.

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