Capítulo 11

Treinta noches

12 Mar 2026 4 vistas 4 min

Las treinta noches pasaron como agua entre los dedos.
Noche uno: cenamos en un restaurante pequeño frente al mar. Él pidió vino. Yo pedí postre primero. La mesera nos miró confundida. Martín dijo "ella siempre hace las cosas en desorden" y yo dije "él siempre cree que hay un orden correcto" y la mesera se fue pensando que éramos imposibles. Tenía razón.
Noche siete: me enseñó a cocinar pasta desde cero en su cocina diminuta. Terminamos cubiertos de harina. La pasta quedó terrible. Nos la comimos entera, sentados en el piso de la cocina, riéndonos como si tuviéramos diecisiete años y nada en el mundo importara.
Noche doce: discutimos. Fuerte. Porque él opinó que yo debería "relajarme" con la preparación para Washington y la palabra "relajarme" es mi activador nuclear. Dije cosas que no sentía. Él dijo cosas que no sentía. Hubo un portazo. Hubo dos horas de silencio. Hubo un mensaje a la medianoche: "Perdón. Soy un idiota. Tu nivel de preparación es parte de lo que te hace extraordinaria." Fui a su departamento a las 12:30. La reconciliación duró hasta las tres de la mañana.
Noche dieciocho: me presentó a su mamá por videollamada. Ella vivía en Concepción. Tenía los mismos ojos que él. Dijo "así que tú eres la famosa Isidora" y yo no supe si eso era bueno o aterrador. Martín estaba rojo. Rojo de verdad. El tipo que nunca se ponía nervioso estaba rojo delante de su mamá. Algo se derritió dentro de mí que no sabía que estaba congelado.
Noche veintitrés: hicimos el amor en silencio. Sin prisa. Mirándonos a los ojos. Fue la primera vez que no hubo humor ni urgencia ni competencia. Solo piel y respiración y algo enorme e innombrable que ocupó toda la habitación.
Noche veintisiete: empaqué. Él se sentó en mi cama y me pasó la ropa. Cuando llegamos a la sección de ropa interior, dijo "esta me la quedo como recuerdo" sosteniendo un bralette negro. Le lancé un calcetín a la cara. Se quedó el calcetín también.
Noche veintinueve: caminamos por la costanera donde nos besamos por primera vez. El mismo estacionamiento. El mismo mar. Todo era igual y todo era completamente diferente.
—¿Te arrepientes de algo? —pregunté.
—De no haber hecho esto antes. ¿Tú?
—De haber perdido tanto tiempo odiándote.
—No fue tiempo perdido. Fue calentamiento.
Me reí. Él me abrazó por detrás y apoyó su mentón en mi cabeza. Nos quedamos mirando el mar hasta que oscureció.
Noche treinta.
La última.
Su departamento estaba diferente. Había velas —él no era de velas, así que claramente las compró para la ocasión—. Música suave desde su laptop. La cama hecha con sábanas nuevas. Seguían siendo azules, pero más oscuras. Como el mar de noche.
—¿Decoraste? —pregunté desde la puerta.
—Hice un esfuerzo.
—Se nota.
—¿Eso es bueno o malo?
—Es perfecto.
Esa noche fue diferente a todas las anteriores. Más lenta. Más profunda. Cada beso era un punto y aparte. Cada caricia era una frase completa.
Me desvistió como quien abre un regalo que sabe que no va a poder abrir de nuevo en mucho tiempo. Con atención. Con reverencia. Con las manos ligeramente temblorosas que traicionaban la calma de su voz.
—Quiero recordar todo —dijo, recorriendo mi cuerpo con los dedos como si estuviera escribiendo en braille—. La forma en que respiras cuando te beso aquí. —Besó mi cuello—. El sonido que haces cuando hago esto. —Su mano bajó y yo cerré los ojos—. La manera en que dices mi nombre cuando...
—Martín.
—Así. Exactamente así.
Nos perdimos el uno en el otro de una forma que no creí posible. Sin prisa. Sin destino. Solo el presente, infinito y finito al mismo tiempo.
Después, en la oscuridad, con nuestras piernas entrelazadas y su corazón latiendo contra mi espalda, dije lo que no había dicho nunca:
—Te quiero.
Silencio. Un segundo. Dos. Luego sus brazos me apretaron más fuerte.
—Otra vez —dijo, con la voz ronca.
—Te quiero, Martín Acosta. Y te odio un poco por hacerme decirlo.
—Te quiero, Isidora Vega. Y no te odio nada.
—Mentiroso.
—Solo un poco.
Nos dormimos abrazados. Por la mañana, cuando sonó mi alarma a las cinco, él ya estaba despierto. Me hizo café. Me pasó las llaves del auto de mi mamá que siempre dejaba en su mesita de noche. Me acompañó a la puerta.
—No digas adiós —dije.
—Nunca. Solo: hasta pronto.
—Hasta pronto.
Me besó una última vez. Suave. Como una promesa.
Bajé los cinco pisos sin mirar atrás. Esta vez, no porque fuera la regla. Sino porque si lo miraba, no me iba.
Y tenía que irme.
Washington me esperaba. Mi futuro me esperaba.
Pero por primera vez, el futuro también incluía a alguien.

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