Capítulo 2

Reglas de guerra

12 Mar 2026 3 vistas 4 min

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La primera reunión de trabajo fue en la biblioteca central, tercer piso, sala de estudio número siete. Yo llegué quince minutos antes porque eso es lo que hacen las personas serias. Martín llegó exactamente a la hora. Ni un minuto antes ni después. Como si hubiera estado esperando afuera para hacer su entrada.
—Llegas tarde —dije.
—Llego a la hora —corrigió, sentándose frente a mí. Sacó un cuaderno de cuero. ¿Quién usa cuadernos de cuero en pleno siglo XXI?—. Pero entiendo que para ti, cualquier cosa que no sea obsesivamente temprana es "tarde".
—La puntualidad no es obsesión. Es respeto.
—¿Y llegar temprano para tener ventaja territorial? ¿Eso qué es?
Me quedé callada porque tenía razón y eso me enfurecía.
El primer proyecto era diseñar una campaña de comunicación para una ONG real. La Dra. Herrera nos asignó una organización que trabajaba con comunidades rurales en acceso a agua potable. El entregable: una estrategia completa en seis semanas. Investigación, concepto creativo, plan de medios, presentación ante un panel de directores reales.
—Propongo que dividamos el trabajo —dije, abriendo mi spreadsheet perfectamente organizado—. Yo hago investigación y estrategia. Tú haces la ejecución creativa.
Martín miró mi pantalla. Luego me miró a mí.
—¿Me estás dando el trabajo "bonito" para quedarte con el cerebro de la operación?
—Te estoy dando lo que se te da bien. A ti te gusta lo visual, lo narrativo. A mí me gusta lo analítico.
—A ti te gusta el control.
—¿Y eso qué tiene de malo?
—Nada. Solo que no funciona cuando hay dos personas.
Se hizo un silencio. De esos que pesan.
—Propuesta alternativa —dijo él, escribiendo en su cuaderno ridículo—. Hacemos todo juntos. Cada decisión. Cada texto. Cada slide.
—Eso es increíblemente ineficiente.
—Eso es trabajar en equipo.
—Trabajar en equipo no significa hacer todo al doble de tiempo.
—No. Significa hacer todo al doble de calidad.
Le sostuve la mirada. Él no pestañeó. Tenía esa irritante capacidad de mantener contacto visual como si fuera un deporte y él fuera campeón olímpico.
—Bien —cedí—. Pero si empiezas a atrasar las entregas, tomo el control.
—Si empiezo a atrasar las entregas, me lo merezco.
Trabajamos tres horas seguidas. Y ahí descubrí algo que me costó admitir: Martín Acosta era brillante. No de la forma en que yo era brillante —metódica, investigadora, obsesiva con los datos—. Él era brillante de la forma en que un relámpago es brillante: inesperado, deslumbrante y ligeramente peligroso.
Donde yo veía un problema de acceso a agua potable, él veía una historia. Donde yo escribía "segmentación de audiencia objetivo", él escribía "¿a quién le estamos rompiendo el corazón con esto?". Y lo peor era que funcionaba. Sus ideas eran ridículamente buenas.
—Odio que seas bueno en esto —dije, sin pensar.
Él levantó la vista del cuaderno. Me miró con algo que no era burla. Era casi... calidez.
—Isidora Vega, ¿eso fue un cumplido?
—Fue una observación objetiva teñida de resentimiento.
—Lo tomaré.
Cuando salimos de la biblioteca ya era de noche. El campus estaba casi vacío. Caminamos juntos hacia la salida porque era el mismo camino, no porque quisiéramos. O al menos eso me dije.
—Oye —dijo, deteniéndose bajo un farol—. Lo de la beca de investigación en la licenciatura. No sabía que tú la querías.
—Todo el mundo lo sabía.
—Yo no. De verdad. —Se pasó la mano por el pelo. Ese gesto que hacía cuando no estaba actuando—. Si lo hubiera sabido...
—¿Qué? ¿No la habrías solicitado?
—No. Probablemente sí. Pero al menos te habría dicho que la competencia era buena.
No supe qué hacer con eso. Con esa honestidad inesperada. Así que hice lo que siempre hago cuando Martín me descoloca: ataqué.
—No necesito tu validación retroactiva.
—No, claro que no. Solo la odias cuando la tienes.
Se fue caminando. Lo vi alejarse bajo las luces del campus. Y me odié un poco por notar cómo le quedaban los jeans.
Regla número uno de sobrevivir a Martín Acosta: nunca, jamás, notarle los jeans.

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