Capítulo 3
Fuego cruzado
La primera presentación parcial fue un desastre. Pero no de la forma que esperaba.
Nuestra investigación era sólida. El concepto creativo era fuerte. La estrategia de medios estaba fundamentada con datos reales. El problema fue que, al presentar juntos, Martín y yo teníamos una química que no debería existir entre dos personas que supuestamente se odian.
—Tienen una dinámica interesante —dijo la Dra. Herrera después, mirándonos con esa expresión de investigadora analizando sus sujetos de estudio—. Se complementan. Deberían aprovecharlo.
—Nos toleramos —corregí.
—Se desafían —dijo Martín—. Que es diferente.
La Dra. Herrera sonrió de una forma que me dio escalofríos.
Esa noche, el grupo de la maestría fue a un bar cerca del campus. Uno de esos lugares con música demasiado alta y cervezas artesanales con nombres pretenciosos. Yo no quería ir. Fui porque Camila, mi única aliada en el programa, me arrastró.
—Necesitas socializar con alguien que no sea tu laptop —dijo Camila, poniéndome una cerveza en la mano.
—Mi laptop no me decepciona.
—Tu laptop no te compra tragos.
Tenía un punto.
El bar estaba lleno de compañeros de la maestría. Gente discutiendo sobre campañas políticas, marcas personales, algoritmos de redes sociales. Y en una esquina, Martín. Hablando con Andrea Larios.
Andrea Larios. Rubia, perfecta, hija de un senador. El tipo de persona que nunca ha tenido que esforzarse por nada y que aun así obtiene todo. Estaba tocándole el brazo a Martín mientras se reía de algo que él decía.
No me importaba. Obviamente no me importaba.
—Te está mirando —dijo Camila.
—¿Quién?
—No te hagas.
—Andrea puede mirarlo todo lo que quiera.
—No dije Andrea. Dije que ÉL te está mirando a TI.
Levanté la vista. Martín me estaba mirando por encima del hombro de Andrea. Cuando nuestros ojos se encontraron, no apartó la mirada. Levantó su cerveza en un brindis silencioso. Yo aparté la mirada primero.
Error.
Porque apartar la mirada primero es perder. Y Martín lo sabía.
Una hora y dos cervezas después, fui al baño. Al salir, casi choqué con él en el pasillo estrecho que separaba los baños de la cocina. La música estaba amortiguada ahí. Se escuchaba la conversación del otro lado de la pared, las risas lejanas, el tintineo de vasos.
—Huyendo de tu propia fiesta —dijo él.
—No es mi fiesta.
—Cierto. Tú no haces fiestas. Haces spreadsheets.
—Hilario.
—Gracias. Trabajo en mi material.
El pasillo era estrecho. Demasiado estrecho. Podía ver las pecas que tenía en el cuello, justo debajo de la oreja izquierda. Tres pecas. Formaban casi un triángulo.
¿Por qué estaba contando sus pecas?
—Andrea parece interesante —dije, porque soy una persona que toma decisiones terribles.
—¿Celosa?
—Preocupada. Si te distraes con romances de pasillo, nuestro proyecto sufre.
—Es dulce que te preocupe nuestro proyecto.
—No es dulce. Es pragmático.
—Isidora. —Dio un paso hacia mí. Uno. El pasillo se redujo a la mitad—. Si quisiera estar hablando con Andrea, estaría hablando con Andrea.
—Estás aquí porque los baños están aquí.
—Estoy aquí porque te vi venir hacia aquí.
El aire cambió. Se espesó. Como antes de una tormenta, cuando puedes sentir la electricidad en la piel.
—No hagas eso —dije.
—¿Qué cosa?
—Eso. Decir cosas que suenan a algo que no son.
—¿Y a qué suenan?
—A que te importo.
Él se quedó muy quieto. Me miró de una forma que no tenía nombre. No era burla. No era arrogancia. Era algo crudo, algo real, algo que me hizo dar un paso atrás hasta que mi espalda tocó la pared.
—¿Y si me importas? —dijo, tan bajo que casi no lo escuché sobre la música.
—Entonces estamos en un problema —susurré.
Alguien abrió la puerta del baño. La burbuja se rompió. Él se apartó. Yo respiré.
—Nos vemos mañana en la biblioteca —dijo, volviendo a ser el Martín de siempre. Casual. Controlado—. Tercer piso. Sala siete.
—A las nueve.
—A las nueve.
Se fue. Yo me quedé en el pasillo con el corazón latiéndome en las muñecas, en el cuello, en todas partes.
Regla número dos: nunca quedarse a solas con Martín Acosta en espacios reducidos.
El problema era que las reglas estaban empezando a ser más de las que podía seguir.