Capítulo 4
Lo que no se dice
Las semanas siguientes fueron una tortura deliciosa.
Trabajábamos juntos todos los días. A veces en la biblioteca, a veces en la cafetería del campus, a veces en una sala de estudio que empezamos a considerar "nuestra" sin decirlo en voz alta. Nuestro proyecto avanzaba a un ritmo que nadie más podía igualar. Éramos el equipo más fuerte del programa y ambos lo sabíamos.
Pero debajo de las reuniones de trabajo, debajo de los debates sobre métricas y narrativas y presupuestos de medios, había una corriente subterránea que ninguno de los dos mencionaba.
Como la vez que me quedé dormida en la sala de estudio después de trabajar hasta las dos de la mañana, y me desperté con su chaqueta sobre los hombros. Él estaba al otro lado de la mesa, leyendo, como si no hubiera hecho nada.
—Tenías frío —dijo, sin levantar la vista.
—No tenía frío.
—Temblabas.
No respondí. La chaqueta olía a él. La usé por veinte minutos más antes de devolvérsela. No hablamos de eso.
O como la vez que estábamos revisando el brief creativo y nuestras manos se tocaron al alcanzar el mismo documento. Un roce. Medio segundo. Pero él retiró la mano como si hubiera tocado fuego, y yo supe —con una certeza que me aterró— que él sentía lo mismo que yo.
Lo que fuera que "lo mismo" significara.
—Necesitamos hablar del insight principal —dije, pretendiendo que todo era normal.
—El insight es que la gente no dona porque no se siente conectada emocionalmente con el problema —respondió, pretendiendo lo mismo.
—Bien. Entonces necesitamos...
—Una historia real. Alguien con nombre, rostro, vida. No estadísticas. Una persona.
—Las estadísticas respaldan...
—Las estadísticas convencen. Las historias mueven.
—¿Y no podemos tener ambas?
Él me miró. Sonrió. Esa sonrisa que era solo para mí, diferente de la que usaba con todos los demás. Más pequeña. Más honesta.
—Eso es exactamente lo que deberíamos hacer.
Esa noche, después de trabajar, me acompañó a la parada del bus. Llovía ligeramente. Él tenía un paraguas. Yo no, porque soy el tipo de persona que revisa el pronóstico del tiempo pero se le olvida el paraguas.
—Ven —dijo, abriéndolo.
—Puedo mojarme.
—Puedes. Pero no tienes que.
Caminamos juntos bajo su paraguas. Nuestros hombros se tocaban. Podía sentir el calor de su cuerpo a través de la tela mojada de mi chaqueta. Nadie habló. El silencio era diferente del habitual entre nosotros —no era competitivo ni tenso. Era suave. Como algo que acababa de nacer y todavía no sabía qué era.
—Martín —dije cuando llegamos a la parada.
—¿Sí?
Quería preguntarle tantas cosas. ¿Por qué siempre me buscaba? ¿Por qué se acordaba de que tomo el café sin azúcar? ¿Por qué, cuando presentábamos juntos, su mano siempre encontraba el pequeño de mi espalda para guiarme al centro del escenario?
—Nada —dije—. Buenas noches.
—Buenas noches, Isidora.
Subí al bus. Lo vi quedarse ahí, bajo la lluvia, mirándome por la ventana hasta que el bus arrancó.
Regla número tres: no mirar atrás.
Rompí la regla tres veces antes de perderlo de vista.
Lo que nadie te dice sobre odiar a alguien es que el odio requiere la misma cantidad de atención que el amor. Tienes que pensar constantemente en esa persona. Analizar cada cosa que dice. Notar cada gesto. Recordar cada conversación. El odio es un trabajo de tiempo completo.
Y en algún punto, sin que te des cuenta, el trabajo cambia. Pero tú sigues en la oficina, fichando entrada, haciendo las mismas horas. Solo que ahora produces algo diferente.
Yo todavía no estaba lista para nombrar lo que estaba produciendo.