Capítulo 5
El punto de quiebre
Todo se derrumbó un jueves.
La Dra. Herrera anunció la evaluación intermedia. Cada equipo presentaría su avance ante un panel externo. Los tres mejores proyectos pasarían a la fase final. Los demás tendrían que reestructurar completamente su propuesta.
—Además —agregó, con esa frialdad académica que la hacía temible—, estoy considerando las dos nominaciones al Programa de la OEA. Quiero que sepan que la capacidad de trabajar bajo presión será un factor determinante.
La presión cayó sobre nosotros como una losa.
Martín y yo nos encerramos en la sala siete durante tres días seguidos. Dormíamos poco. Comíamos menos. Discutíamos mucho.
—El storytelling no puede ir antes de los datos —insistí, por tercera vez en una hora.
—Si empiezas con datos, pierdes al público en los primeros treinta segundos.
—Si empiezas con una historia sin contexto, pareces manipuladora.
—Si empiezas con un Excel, pareces un robot.
—¡Prefiero ser un robot a ser un vendedor de emociones baratas!
—¡Y yo prefiero ser un vendedor de emociones a un algoritmo sin alma!
El silencio después fue enorme. Nos miramos jadeando, como si hubiéramos corrido un maratón. Él estaba de pie. Yo estaba de pie. En algún momento ambos nos habíamos levantado.
—Eso fue demasiado —dijo él, primero.
—Sí.
—No creo que seas un robot, Isidora.
—No creo que vendas emociones baratas.
Nos sentamos. Él se frotó los ojos. Se veía cansado. Humano. Vulnerable de una forma que rara vez mostraba.
—Empecemos de nuevo —propuso.
—¿La presentación o la pelea?
—Las dos.
Esa noche encontramos la solución. Una estructura que era mitad datos, mitad historia. Que empezaba con una imagen —una niña cargando agua por un camino de tierra— y terminaba con un análisis de costo-beneficio que demostraba que por cada dólar invertido, tres familias accedían a agua limpia. Era perfecto. Era nuestro.
—Es lo mejor que he hecho —dijo él, mirando la pantalla.
—Es lo mejor que hemos hecho —corregí.
Me miró. Y algo cambió. Algo se movió en su expresión, como una placa tectónica que finalmente cede después de años de presión.
—Isidora —dijo mi nombre como si pesara.
—¿Qué?
—Necesito decirte algo y no sé cómo.
—Tú siempre sabes cómo decir las cosas. Es literalmente tu talento.
—No contigo. Contigo me vuelvo idiota.
El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo.
—Entonces no lo digas —susurré.
—¿Y si necesito decirlo?
—Martín...
—Te admiro —soltó—. Te admiro desde la licenciatura. Desde que te vi defender tu proyecto de tesis con una convicción que me dejó sin aire. Desde que me di cuenta de que la única persona que me hacía querer ser mejor eras tú. No porque me inspiraras con discursos bonitos, sino porque cada vez que te veía trabajar, pensaba: "Tengo que estar a su nivel o me va a dejar atrás". Y eso me aterró. Me aterra todavía.
Nadie me había dicho nada así. Nunca. Ni mis padres, ni mis exparejas, ni mis profesores. Nadie había mirado mi ambición —eso que todos trataban como un defecto— y la había llamado admirable.
—No puedes decirme eso —dije, y la voz me salió rota.
—Ya lo dije.
—Somos compañeros. Somos rivales. No podemos...
—¿No podemos qué?
No respondí. No podía. Porque la respuesta era: no podemos sentir esto. Y si lo decía en voz alta, se volvía real.
Él se levantó. Rodeó la mesa. Se paró frente a mí. Desde donde estaba sentada, tenía que inclinar la cabeza para mirarlo. Levantó la mano y me quitó un mechón de pelo de la cara. Un gesto tan suave que dolió.
—Dime que no sientes nada —dijo—. Dímelo mirándome a los ojos y no volveré a mencionarlo.
Lo miré a los ojos. Abrí la boca. Y no pude.
No pude mentir.
—No me hagas esto —dije en vez de eso.
—No te estoy haciendo nada. Te estoy diciendo la verdad.
—La verdad complica todo.
—Todo ya está complicado, Isidora. Ha estado complicado desde el primer día.
Tenía razón. Maldita sea, tenía razón.
Me levanté. Quedamos a centímetros. Podía sentir su respiración. Podía ver el pulso latiéndole en el cuello.
—Si hacemos esto —dije—, y sale mal, perdemos todo. El proyecto. La nominación. Todo.
—Lo sé.
—¿Y aún así quieres...?
—Aún así quiero.
No lo besé. No me besó. Nos quedamos ahí, al borde de algo, respirando el mismo aire, y luego yo di un paso atrás.
—Mañana —dije—. Mañana presentamos. Después hablamos.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Salí de la sala siete con las piernas temblando y el mundo reordenándose a mi alrededor. Todo lo que creía saber sobre Martín Acosta, sobre mí misma, sobre lo que era posible entre nosotros, se estaba derrumbando.
Y lo aterrador era que no quería reconstruir nada.