Capítulo 6

Después de la tormenta

12 Mar 2026 4 vistas 5 min

Ganamos.
No solo pasamos a la fase final. Fuimos el mejor proyecto de los dieciocho equipos. El panel externo usó palabras como "excepcional", "profesional" y "listo para implementación real". La Dra. Herrera nos miró con algo que podría haber sido orgullo, si ella fuera el tipo de persona que expresaba emociones.
Nuestros compañeros nos felicitaron. Andrea Larios me abrazó con una sonrisa que parecía genuina. Camila me susurró "les dieron con todo" en el oído. El ambiente era de celebración.
Pero yo solo podía pensar en una cosa: la promesa.
Mañana. Después hablamos.
El "mañana" era hoy. El "después" era ahora.
Martín me encontró en el estacionamiento. Yo estaba buscando las llaves del auto de mi mamá —que me prestaba los jueves— en un bolso que aparentemente contenía todo excepto las llaves.
—Isidora.
Me di vuelta. Él estaba ahí, mochila al hombro, pelo desordenado del viento. Tenía una expresión que no le había visto antes. Nerviosa. Martín Acosta, nervioso.
—Prometiste que hablaríamos —dijo.
—Lo sé.
—¿Y?
Encontré las llaves. Las apreté hasta que el metal me marcó la palma.
—Sube —dije, abriendo el auto.
No pregunté adónde. Conduje hasta la costanera. A esa hora estaba casi vacía. El sol se estaba poniendo y el mar era una plancha de cobre líquido. Estacioné frente a la playa y apagué el motor.
El silencio dentro del auto era diferente a todos los silencios anteriores. Estaba cargado. Esperando.
—Anoche no dormí —dijo él.
—Yo tampoco.
—No paraste de darme vueltas en la cabeza.
—Tú tampoco paras de darme vueltas en la mía. Desde hace mucho más de lo que me gusta admitir.
Él giró en su asiento para mirarme. Yo seguía mirando el mar.
—Mírame —pidió.
—Si te miro, no voy a poder pensar con claridad.
—Entonces no pienses.
—Eso es exactamente lo que me da miedo.
Sentí su mano en mi mentón. Suave. Firme. Giró mi cara hacia él. Y cuando lo miré, vi algo que me desarmó completamente: él también tenía miedo.
—Hola —dijo, como si nos estuviéramos conociendo por primera vez.
—Hola —respondí, y mi voz era un hilo.
—Voy a besarte ahora. Si no quieres, dilo.
No dije nada.
Me besó.
Y el mundo se incendió.
No fue un beso suave. No fue un beso tentativo. Fue el beso de dos personas que llevan meses conteniéndose, meses fingiendo, meses construyendo una represa que acaba de reventarse.
Su boca era caliente y sabía a café. Sus manos subieron a mi cara, a mi pelo, sosteniéndome como si tuviera miedo de que me fuera a ir. Yo lo agarré de la camiseta y lo jalé hacia mí. El cinturón de seguridad se trabó. Me lo quité sin dejar de besarlo. Él hizo lo mismo.
—Isidora —dijo contra mis labios, y mi nombre nunca había sonado así. Como una confesión. Como una oración.
—Cállate —dije, y lo besé más fuerte.
Sus manos bajaron a mi cintura. Me jaló hacia él. La palanca de cambios estaba en medio y era incómoda y no me importó. Nada me importaba excepto la textura de su boca, el sonido que hizo cuando mordí su labio inferior, la forma en que sus dedos se clavaron en mi cadera como si estuviera aferrándose a algo que podría desaparecer.
Nos besamos hasta que los vidrios se empañaron. Hasta que el sol se fue y el estacionamiento quedó a oscuras. Hasta que su mano encontró la piel desnuda de mi espalda debajo de la blusa y yo arqueé la espalda contra su toque y él dejó escapar un sonido grave, gutural, que me recorrió entera.
—Esto es una pésima idea —dije, sin aliento, con mis labios todavía rozando los suyos.
—La peor —concordó, besándome el cuello.
—La Dra. Herrera...
—No está aquí.
—La nominación...
—Tampoco está aquí. —Levantó la cara. Me miró en la oscuridad. Solo veía el brillo de sus ojos—. Solo estamos tú y yo, Isidora. ¿Qué quieres hacer con eso?
Lo que quería hacer era arrancarle la camiseta. Lo que quería hacer era sentir cada centímetro de su piel contra la mía. Lo que quería hacer era perderme en él de una forma tan completa que cuando volviera a encontrarme, fuera una persona diferente.
—Quiero... —empecé.
Su teléfono sonó. La pantalla iluminó el auto como un flash. Era la Dra. Herrera.
La realidad cayó como un balde de agua fría.
Él contestó. Escuchó. Dijo "sí, doctora" tres veces. Colgó.
—Quiere vernos mañana a primera hora. Algo sobre una oportunidad adicional para nuestro proyecto.
—De acuerdo.
Nos miramos en la penumbra. Despeinados. Con los labios hinchados. Con la ropa fuera de lugar.
—¿Esto cambia las cosas? —pregunté.
—Esto cambia todo.
—¿Y la competencia? ¿Las plazas?
—Podemos competir y hacer esto al mismo tiempo.
—Nadie puede hacer eso.
—Nosotros no somos nadie.
Le creí. En ese momento, con sus manos todavía en mi cintura y su sabor todavía en mis labios, le creí absolutamente.
Fue la primera vez que confié en Martín Acosta.
No sería la última.

Comentarios

Inicia sesión para comentar

Iniciar sesión

Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero!