Capítulo 7

Fuego lento

12 Mar 2026 3 vistas 4 min

Lo que siguió fueron las tres semanas más intensas de mi vida.
De día éramos compañeros de proyecto. Profesionales. Impecables. Nadie notaba nada diferente porque, técnicamente, nada era diferente. Seguíamos discutiendo. Seguíamos retándonos. Seguíamos siendo los mejores del programa.
De noche era otra historia.
La primera vez fue en su departamento. Un estudio pequeño en el quinto piso de un edificio sin ascensor. Libros por todas partes. Un escritorio que ocupaba media sala. Sábanas azul oscuro.
Fui con la excusa de trabajar en la segunda fase del proyecto. Llevé mi laptop, mis notas, mi carpeta perfectamente organizada. Trabajamos dos horas. Honestamente. Productivamente.
Y entonces, mientras revisábamos el presupuesto de medios, su rodilla rozó la mía debajo de la mesa. Y yo puse mi mano sobre su rodilla. Y él me miró. Y el presupuesto de medios dejó de existir.
—Ven aquí —dijo.
Fui.
Me senté en su regazo en esa silla de escritorio que crujía con cada movimiento. Lo besé lento esta vez. Con intención. Con toda la atención que antes dedicaba a odiarlo, ahora puesta en memorizar la curva de su boca, el punto exacto detrás de su oreja que lo hacía cerrar los ojos, la forma en que decía mi nombre cuando yo hacía algo bien.
Sus manos encontraron el borde de mi camiseta. Se detuvo. Me miró pidiendo permiso. Asentí.
Me quitó la camiseta con una delicadeza que contrastaba con la urgencia que podía sentir en su respiración. Me miró como si estuviera viendo algo que había imaginado muchas veces.
—Eres ridícula —dijo.
—¿Perdón?
—Ridículamente hermosa. Es injusto.
—Tú eres el injusto —dije, desabotonándole la camisa—. Seis años odiándote y resulta que tenías esto escondido debajo de tus camisas de académico pretencioso.
Se rio. Esa risa grave que ahora vibró directamente contra mi clavícula mientras bajaba la boca por mi cuello, por mi hombro, trazando un camino que me hizo agarrarme del respaldo de la silla.
Nos movimos a la cama. Las sábanas azules estaban frías contra mi espalda. Él estaba caliente encima de mí. Era un contraste que me hizo gemir.
—Isidora —susurró contra mi piel—. ¿Estás segura?
—Estoy segura de que si paras ahora, voy a ponerte en la lista negra de mi spreadsheet.
—Eso suena aterrador.
—Lo es.
Fue lento. Fue intenso. Fue como resolver un problema increíblemente complejo y descubrir que la respuesta era simple: esto. Solo esto. Su piel contra mi piel. Su boca encontrando lugares que nadie había encontrado. Mis uñas en su espalda dejando marcas que él usaría como evidencia al día siguiente, cuando se quitara la camiseta frente al espejo y sonriera como un idiota.
Después, tendidos en sus sábanas azules, con mi cabeza en su pecho y su mano trazando círculos perezosos en mi espalda, dije lo que pensaba:
—Esto complica todo.
—Esto simplifica todo —respondió—. Lo complicado era fingir.
—La gente no puede enterarse.
—¿Por qué?
—Porque van a pensar que nuestra nota es por esto y no por nuestro trabajo.
—Nuestro proyecto es el mejor del programa. Nadie puede cuestionar eso.
—Pueden y lo harán.
Él suspiró. Me abrazó más fuerte.
—Entonces somos un secreto.
—Somos estrategia —corregí.
—Isidora Vega, acabas de convertir nuestra relación en un proyecto con fases y entregables.
—¿Y eso te sorprende?
Se rio contra mi pelo.
—No. Es exactamente lo que esperaba de ti.
Me quedé dormida en su departamento. Fue la primera vez en meses que dormí sin pensar en la maestría, en la nominación, en el futuro.
Solo pensé en el sonido de su corazón debajo de mi oído. Constante. Seguro.
Peligrosamente parecido a algo en lo que podría empezar a creer.

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