Capítulo 8

Todo se complica

12 Mar 2026 4 vistas 5 min

El secreto duró exactamente diecinueve días.
No fue porque alguien nos descubrió. Fue peor. Fue porque la Dra. Herrera nos llamó a su oficina un lunes y dijo algo que lo cambió todo:
—He decidido nominar a uno de los dos para el Programa de la OEA.
Uno. No dos. Uno.
—Creí que eran dos plazas —dije.
—Eran. Pero el presupuesto se recortó. Ahora es una. Y considerando que su equipo ha sido consistentemente el mejor, la nominación saldrá de aquí.
Martín y yo nos miramos. En ese instante, todo lo que habíamos construido —la confianza, la intimidad, los secretos compartidos a las tres de la mañana— se enfrentó con la realidad más básica: ambos queríamos lo mismo y solo uno podía tenerlo.
—¿Cómo se decide? —preguntó Martín, con una calma que no le llegaba a los ojos.
—La presentación final será individual. Cada uno desarrollará su propia propuesta expandida basándose en el proyecto conjunto. El panel evaluará y yo tomaré la decisión.
Salimos de su oficina en silencio. Caminamos por el pasillo en silencio. Llegamos al estacionamiento en silencio.
—Bueno —dijo él, finalmente.
—Bueno —repetí.
—Esto no tiene que cambiar nada.
—Esto lo cambia todo y lo sabes.
—Solo si dejamos que lo cambie.
—Martín, nos acaban de poner a competir por lo que más queremos los dos. No puedes pedir que eso no cambie nada.
—No estoy pidiendo eso. Estoy diciendo que podemos competir limpio y seguir siendo... lo que somos.
—¿Y qué somos?
La pregunta quedó suspendida entre nosotros. Nunca le habíamos puesto nombre. Nunca habíamos dicho "novios" ni "pareja" ni nada que implicara algo más allá de las sábanas azules y los besos robados entre clases.
—Somos Isidora y Martín —dijo, como si eso bastara.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Esa noche no fui a su departamento. Ni la siguiente. Me encerré en mi cuarto con mis libros y mis notas y empecé a diseñar la mejor presentación de mi vida. Porque eso era lo que hacía Isidora Vega cuando el mundo se volvía incontrolable: trabajar hasta que el control volviera.
Pero el control no volvió. Porque a las once de la noche del tercer día, sonó mi teléfono.
"¿Puedo pasar?" Un mensaje de Martín.
"No."
"¿Puedo llamarte?"
"No."
"¿Puedo decirte que te extraño?"
"No."
"Ya lo dije."
Apagué el teléfono. Me puse la almohada sobre la cara. Y lloré. No de tristeza sino de frustración. Porque por primera vez en mi vida, lo que quería mi ambición y lo que quería mi corazón eran cosas incompatibles.
Una semana antes de la presentación final, algo pasó que rompió el frágil equilibrio que habíamos logrado.
Estaba en la sala de computación, imprimiendo los últimos datos para mi propuesta, cuando escuché a Andrea Larios hablando por teléfono en el pasillo.
—Sí, totalmente. Acosta y Vega. Todo el mundo lo sabe. Es obvio que están juntos. Apuesto a que la Dra. Herrera ya lo sabe y por eso redujo las plazas a una. Para ver cuál de los dos tiene más hambre que sentimientos.
Se me heló la sangre.
No porque Andrea supiera. Sino porque tal vez tenía razón.
¿Y si la reducción de plazas no era por presupuesto? ¿Y si era una prueba? ¿Y si la Dra. Herrera nos estaba obligando a elegir entre nosotros?
Esa noche, por primera vez en tres semanas, fui al departamento de Martín. Subí los cinco pisos sin aliento. Toqué la puerta.
Abrió en camiseta y pantalón de pijama. Tenía ojeras. Estaba trabajando; podía ver la pantalla brillando detrás de él.
—¿Puedo pasar? —pregunté.
—Siempre.
Entré. Me senté en su cama —nuestra cama—. Lo miré.
—Andrea sabe lo nuestro.
—Andrea cree saber. No es lo mismo.
—Si la Dra. Herrera se entera...
—Isidora. No hicimos nada malo. Dos adultos que trabajan juntos y se gustan. No hay ninguna regla que lo prohíba.
—No, pero sí hay una regla no escrita que dice que si compites con alguien con quien duermes, tu credibilidad se destruye.
—Solo si dejas que otros definan tu credibilidad.
—¡Eso es fácil decirlo para ti! —exploté—. Tú eres Martín Acosta. El genio natural. El tipo al que todo le sale sin esfuerzo. A mí todo me cuesta el triple. Cada oportunidad que he tenido, la he peleado con uñas y dientes. No puedo perder esta por...
—¿Por mí?
El silencio fue devastador.
—No quise decir eso —susurré.
—Sí quisiste. Y está bien. —Se sentó a mi lado. No me tocó—. Isidora, si tienes que elegir entre la plaza y yo, elige la plaza.
—No me pidas eso.
—No te estoy pidiendo nada. Te estoy liberando.
—No quiero ser liberada. Quiero que esto no sea tan difícil.
Me tomó la mano. Entrelazó sus dedos con los míos. Y nos quedamos así, sentados en el borde de su cama, mirando la pared, sosteniendo lo que quedaba de nosotros con las manos.

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