La narrativa del enemigo
Ninguna ideología se sostiene únicamente por lo que afirma.
También necesita definir aquello contra lo que lucha.
El enemigo no siempre es una persona concreta. A veces es una categoría difusa. Una etiqueta amplia. Una figura simbólica que concentra todo lo que se considera incorrecto, peligroso o inmoral.
El virus cognitivo se fortalece cuando logra crear una frontera clara entre “nosotros” y “ellos”.
La mente humana funciona por contrastes. Necesita distinguir. Identificar. Clasificar.
Cuando una idea ofrece una identidad colectiva, también suele ofrecer una amenaza externa que justifica la cohesión interna.
El enemigo cumple varias funciones:
Simplifica la realidad.
Reduce la complejidad moral.
Refuerza la pertenencia.
Si el mundo es complejo, el enemigo lo simplifica.
Si el debate es ambiguo, el enemigo lo polariza.
Si hay dudas internas, el enemigo las silencia.
Una narrativa con enemigo es más estable que una narrativa sin él.
Porque el conflicto genera energía emocional.
Cuando una ideología señala a un adversario claro —sea “los poderosos”, “los ignorantes”, “los elitistas”, “los radicales”, “los conservadores”, “los progresistas”, “el sistema”, “la tradición”— convierte el desacuerdo en batalla moral.
Y la batalla moviliza.
El enemigo no necesita ser totalmente falso. Puede tener rasgos reales. Lo decisivo es que se presente como amenaza estructural.
Una amenaza permanente justifica medidas extraordinarias.
Si el enemigo está siempre presente, la vigilancia constante se vuelve necesaria.
Si la amenaza es continua, la crítica interna se vuelve sospechosa.
Porque disentir puede parecer colaboración con el adversario.
Aquí el virus cognitivo da un paso más:
No solo define al enemigo externo. También insinúa que cualquier duda interna puede debilitar la causa.
La cohesión se vuelve prioridad.
Y la cohesión, en exceso, aplasta el matiz.
El mecanismo es poderoso porque activa instintos tribales.
Durante milenios, sobrevivir implicó identificar amenazas externas rápidamente. El cerebro todavía responde con intensidad a la percepción de ataque.
Cuando una idea logra asociarse con defensa del grupo frente a un enemigo, la crítica se percibe como traición.
La narrativa del enemigo también permite ignorar contradicciones internas.
Si algo no funciona, puede atribuirse a sabotaje externo.
Si surge evidencia incómoda, puede explicarse como manipulación del adversario.
La responsabilidad se desplaza.
El pensamiento crítico se reemplaza por alerta constante.
El enemigo no siempre es caricaturesco. A veces es abstracto: “la mentalidad incorrecta”, “la ignorancia estructural”, “la amenaza cultural”.
La abstracción facilita la expansión del conflicto. Porque lo abstracto es difícil de delimitar.
Cuando el enemigo no tiene rostro definido, cualquiera puede encarnar esa amenaza.
El resultado es una atmósfera de sospecha.
El virus cognitivo no necesita convencer a todos de odiar. Basta con instalar la idea de que hay una amenaza que exige alineación.
Y la alineación reduce la diversidad de pensamiento.
El problema no es reconocer que existen conflictos reales en la sociedad. Existen. El problema surge cuando toda diferencia se traduce en antagonismo moral.
Cuando el desacuerdo ya no es intercambio, sino enfrentamiento.
Cuando la identidad depende de la oposición.
En ese punto, el enemigo deja de ser circunstancial.
Se vuelve estructural.
Y mientras exista, la narrativa se mantiene viva.
En el próximo capítulo exploraremos cómo el sistema de recompensas emocionales fortalece este proceso, generando placer psicológico al pertenecer al lado “correcto”.
Pero antes de avanzar, una pregunta incómoda:
Si desapareciera el enemigo…
¿sobreviviría la idea?