Capítulo 1
Capítulo 1 La cláusula
El abogado tenía la voz de alguien acostumbrado a dar malas noticias a
gente con dinero.
—Punto séptimo del testamento —dijo, y se ajustó las
gafas como si lo que venía requiriera una visión más nítida—. El causante, don
Augusto Reyes, establece que la totalidad de su participación accionaria en
Constructora Reyes y Asociados será transferida a su nieta, Valentina Reyes
Salvatierra, bajo una condición suspensiva.
Valentina, sentada con la espalda recta en la silla de
cuero, no parpadeó. Llevaba toda la mañana esperando una trampa. Su abuelo
había sido muchas cosas —brillante, despiadado, imposible de complacer—, pero
nunca había hecho nada sin un segundo motivo enterrado debajo del primero.
—Defina condición suspensiva —dijo ella.
El abogado carraspeó.
—La señorita Reyes deberá contraer matrimonio antes de
cumplir los veintinueve años de edad. De no cumplirse dicha condición en el
plazo estipulado, la totalidad de las acciones pasará a su primo, el señor
Ignacio Reyes Bustos.
El silencio en la oficina se volvió denso, casi
líquido.
• • •
Valentina cumplía veintinueve en noventa y un días.
Lo supo no porque hiciera el cálculo en ese instante,
sino porque su cumpleaños había sido, durante toda su vida, una fecha que su
abuelo jamás recordaba. Que ahora ese mismo hombre hubiera usado esa fecha como
una soga era el tipo de ironía que solo Augusto Reyes podía orquestar desde el
otro lado de la tumba.
—Es una broma —dijo, aunque sabía que no lo era.
—Me temo que es jurídicamente vinculante, señorita. El
documento fue redactado y firmado hace catorce meses, ante notario, con plena
capacidad mental certificada por dos médicos. He revisado cada coma buscando
una grieta. No la hay.
Al otro lado de la mesa, su primo Ignacio sonreía. No
lo ocultaba. Tenía treinta y cuatro años, una camisa que le quedaba demasiado
ajustada en los hombros y la expresión de un hombre que ya había gastado
mentalmente una fortuna que aún no era suya.
—Vamos, prima —dijo, recostándose en la silla—. No te
hagas la ofendida. Todos sabíamos que el abuelo quería que la empresa quedara
en manos de alguien… serio.
—Tú no has terminado un solo proyecto en tu vida sin
que alguien te limpie el desastre después —respondió ella sin mirarlo.
—Y sin embargo, aquí estoy. A noventa días de ser
dueño de todo.
• • •
Valentina salió del edificio sin esperar el ascensor.
Bajó los cuatro pisos por la escalera porque
necesitaba el movimiento, necesitaba que las piernas le dolieran un poco para
que el cuerpo tuviera algo de qué quejarse que no fuera la rabia. Cuando llegó
a la calle, el aire frío de la mañana le golpeó la cara y, por un segundo, pudo
respirar.
Tenía la empresa. Era suya. Veinticuatro años de su
abuelo construyendo un imperio de cemento y acero, y se lo había dejado a ella
y no a su padre, no a sus tíos, no a Ignacio. A ella. La nieta que aprendió a
leer planos antes que cuentos, que pasó los veranos de la adolescencia en obras
con casco prestado, que conocía cada cliente, cada deuda, cada cimiento de esa
compañía.
Y todo dependía ahora de que encontrara un marido en
tres meses.
—Maldito viejo —murmuró—. Hasta muerto encuentras la
forma de decirme que no soy suficiente sola.
• • •
Esa noche, Valentina hizo lo que hacía siempre que el mundo se le venía
encima: abrió una hoja de cálculo.
En la columna izquierda escribió «candidatos». Debajo
fue anotando nombres y descartándolos en el mismo movimiento. Amigos: no,
arruinaría las amistades. Compañeros de la junta: no, le darían poder sobre la
empresa. Desconocidos por agencia: demasiado riesgo, demasiada exposición
mediática.
Necesitaba a alguien que cumpliera tres condiciones
imposibles a la vez. Alguien que necesitara dinero con la suficiente
desesperación como para aceptar. Alguien lo bastante presentable como para
resultar creíble frente a una junta de viejos escépticos. Y alguien a quien
ella no le importara en absoluto, porque el día que el contrato terminara,
quería poder firmar el divorcio sin que le temblara el pulso.
Estuvo a punto de cerrar el portátil cuando un nombre
cruzó su mente sin permiso.
Un nombre que llevaba dos años evitando.
Lo escribió despacio, como si las letras pudieran
morderle los dedos.
Maximiliano Vergara.
Y por primera vez en todo el día, Valentina Reyes
sonrió. No fue una sonrisa bonita.