Capítulo 2
Capítulo 2 El arquitecto en ruinas
El estudio de Maximiliano Vergara olía a café quemado y a derrota.
Eran las nueve de la mañana y ya había despedido a su
última empleada —no por falta de talento, sino porque no podía seguir
pagándole— y revisado, por tercera vez esa semana, los números que no cambiaban
por mucho que los mirara. La deuda seguía ahí. El banco seguía ahí. La carta de
la inmobiliaria, anunciando que tenía treinta días para desocupar el local,
seguía sobre la mesa, exactamente donde la había dejado.
Había sido el arquitecto más prometedor de su
generación. Lo decían los periódicos, lo decían los premios, lo decía la lista
de espera de clientes que alguna vez tuvo. Eso fue antes. Antes de que un
proyecto se cayera por una razón que no había sido culpa suya, y que el mundo
decidiera que sí lo era.
Antes de Valentina Reyes.
• • •
Por eso, cuando su asistente —el último que le quedaba, y solo porque era
su primo y trabajaba gratis— asomó la cabeza por la puerta con cara de haber
visto un fantasma, Maximiliano supo que el día iba a empeorar.
—Hay una mujer afuera. Dice que quiere hablar contigo.
No tiene cita.
—Dile que estamos cerrados.
—Eso intenté. —El primo tragó saliva—. Es Valentina
Reyes.
Maximiliano sintió cómo el nombre le bajaba por la
espalda igual que agua helada. Se levantó despacio, se abotonó el saco que no
se había molestado en quitarse, y por un instante consideró seriamente saltar
por la ventana del segundo piso.
—Hazla pasar —dijo en cambio.
• • •
Valentina entró como entraba a todas partes: como si el lugar ya le
perteneciera y solo estuviera esperando a que se lo confirmaran.
Estaba más delgada que la última vez. Más afilada. El
traje gris le quedaba como una armadura y el cabello recogido dejaba ver una
cara que Maximiliano había odiado durante dos años con una dedicación casi
profesional.
—Vergara —dijo ella, a modo de saludo.
—Reyes. —Él no le ofreció asiento—. Si vienes a
comprar el local, llegas tarde. El banco te ganó.
—No vengo por el local. —Ella se sentó de todos modos,
cruzó las piernas y lo miró con la frialdad de quien evalúa un terreno baldío—.
Vengo a ofrecerte un trabajo.
Maximiliano se rió. Fue una risa sin nada de gracia.
—Tú destruiste mi carrera. Públicamente. Con nombre y
apellido en cada periódico de la ciudad. ¿Y ahora vienes a ofrecerme trabajo?
—Sí.
—Vete al infierno.
—Te pago lo suficiente para sacarte de este. —Ella
miró alrededor, las paredes desnudas, las cajas a medio llenar—. Que, por lo
que veo, ya tiene fecha de desalojo.
• • •
Maximiliano apretó la mandíbula. Odiaba que tuviera razón. Odiaba más que
se notara.
—¿Qué clase de trabajo? —preguntó, y se odió a sí
mismo por preguntarlo.
Valentina abrió el bolso, sacó una carpeta y la
deslizó sobre la mesa hacia él. No la abrió. Solo la dejó ahí, como una carta
de póker boca abajo.
—Necesito un marido —dijo, con la misma naturalidad
con que se pide un café—. Por un año. Falso, obviamente. Tú firmas, actúas,
apareces donde haya que aparecer, y al final del año nos divorciamos. A cambio,
pago todas tus deudas, te devuelvo el estudio y te entrego una suma que no vas
a volver a ver en tu vida si dices que no.
El silencio que siguió fue tan largo que Maximiliano
alcanzó a escuchar el reloj de la pared, el tráfico de la calle y los latidos
absurdamente fuertes de su propio corazón.
—Estás loca —dijo al fin.
—Probablemente. —Valentina se puso de pie y se acomodó
el saco—. Tienes cuarenta y ocho horas para pensarlo. Después, busco a otro.
Caminó hacia la puerta. Antes de salir, se giró
apenas.
—Ah, y Vergara. —Una pausa—. Sé que crees que me
odias. Perfecto. Eso lo hace más fácil. Lo último que necesito es un marido que
se enamore.
Y se fue, dejando la carpeta sobre la mesa y a
Maximiliano mirándola como quien mira una bomba que todavía no ha decidido si
va a explotar.