Betzana

Capítulo 1

La mano que no temblaba

22 May 2026 2 vistas 3 min

Ámsterdam, marzo de 1962. Llovía sobre los canales con la misma terquedad con que llovía sobre toda Europa en aquellos años, como si el cielo tampoco hubiera terminado de procesar lo ocurrido. Lázaro Behar bajó del tranvía frente al hotel Krasnapolsky y se quedó un momento bajo el toldo, observando el agua resbalar por el vidrio. Tenía cincuenta y un años y manos de cirujano, aunque nunca había sido cirujano. Había sido relojero. Y, durante un invierno que se negaba a soltarlo, había sido otra cosa que no tenía un nombre cómodo.

Dentro lo esperaba un salón de techos altos, lámparas de cristal y treinta y dos tableros de ajedrez dispuestos en hileras perfectas. El Torneo Internacional de Ámsterdam reunía aquel año a maestros de catorce países. En la pared, una pancarta anunciaba los nombres de los grandes favoritos. El suyo figuraba en mitad de la lista, ni arriba ni abajo: Lázaro Behar, Francia. Un superviviente que jugaba al ajedrez. Eso era lo que decían los periódicos cuando se molestaban en decir algo.

Colgó el abrigo, se secó las manos con un pañuelo y se dirigió a la mesa de inscripción. Fue entonces, mientras una joven con gafas buscaba su nombre en la lista, cuando lo vio.

Estaba al otro extremo del salón, de espaldas, hablando con un árbitro. Más viejo, más pesado, el pelo gris donde antes había sido rubio ceniza. Pero Lázaro reconoció la nuca. Uno no olvida la nuca de un hombre al que ha mirado durante horas, noche tras noche, sabiendo que de la partida dependía si comería al día siguiente. El cuerpo de Lázaro lo supo antes que su mente: el estómago se le cerró, las manos —las manos que no temblaban nunca— se enfriaron de golpe.

El hombre se giró. Tenía una credencial colgada del cuello. Lázaro no necesitó leerla, pero la leyó de todos modos, porque necesitaba que fuera mentira. Decía: Willem Krause, árbitro auxiliar, Federación Holandesa.

No se llamaba Krause. En otra vida se había llamado Hauptscharführer Paul Meissner, y había llevado en el cuello de la guerrera una calavera de plata.

* * *

Lázaro no se desmayó ni gritó. Los supervivientes rara vez hacen lo que se espera de ellos en las novelas. Lo que hizo fue terminar de inscribirse, recoger su acreditación, subir a su habitación y sentarse en el borde de la cama durante una hora, con el abrigo todavía puesto, mirando la pared.

Después sacó de la maleta un objeto envuelto en un calcetín de lana: un caballo de ajedrez tallado en hueso, amarillento por el tiempo, con una grieta que lo recorría del cuello a la base. Lo había tallado él mismo en el invierno de 1944, con un trozo de mango de cuchara y un clavo. Era lo único que conservaba de aquel lugar. Lo sostuvo en la palma y, por primera vez en muchos años, dejó que el recuerdo entrara por completo, sin defensas, como quien abre la puerta a un acreedor al que sabe que ya no puede seguir evitando.


 

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