Capítulo 1
La mano que no temblaba
Ámsterdam, marzo de 1962. Llovía sobre los canales con la misma terquedad
con que llovía sobre toda Europa en aquellos años, como si el cielo tampoco
hubiera terminado de procesar lo ocurrido. Lázaro Behar bajó del tranvía frente
al hotel Krasnapolsky y se quedó un momento bajo el toldo, observando el agua
resbalar por el vidrio. Tenía cincuenta y un años y manos de cirujano, aunque
nunca había sido cirujano. Había sido relojero. Y, durante un invierno que se
negaba a soltarlo, había sido otra cosa que no tenía un nombre cómodo.
Dentro lo esperaba un salón de techos altos, lámparas
de cristal y treinta y dos tableros de ajedrez dispuestos en hileras perfectas.
El Torneo Internacional de Ámsterdam reunía aquel año a maestros de catorce
países. En la pared, una pancarta anunciaba los nombres de los grandes
favoritos. El suyo figuraba en mitad de la lista, ni arriba ni abajo: Lázaro
Behar, Francia. Un superviviente que jugaba al ajedrez. Eso era lo que decían
los periódicos cuando se molestaban en decir algo.
Colgó el abrigo, se secó las manos con un pañuelo y se
dirigió a la mesa de inscripción. Fue entonces, mientras una joven con gafas
buscaba su nombre en la lista, cuando lo vio.
Estaba al otro extremo del salón, de espaldas,
hablando con un árbitro. Más viejo, más pesado, el pelo gris donde antes había
sido rubio ceniza. Pero Lázaro reconoció la nuca. Uno no olvida la nuca de un
hombre al que ha mirado durante horas, noche tras noche, sabiendo que de la
partida dependía si comería al día siguiente. El cuerpo de Lázaro lo supo antes
que su mente: el estómago se le cerró, las manos —las manos que no temblaban
nunca— se enfriaron de golpe.
El hombre se giró. Tenía una credencial colgada del
cuello. Lázaro no necesitó leerla, pero la leyó de todos modos, porque
necesitaba que fuera mentira. Decía: Willem Krause, árbitro auxiliar,
Federación Holandesa.
No se llamaba Krause. En otra vida se había llamado
Hauptscharführer Paul Meissner, y había llevado en el cuello de la guerrera una
calavera de plata.
* * *
Lázaro no se desmayó ni gritó. Los supervivientes rara
vez hacen lo que se espera de ellos en las novelas. Lo que hizo fue terminar de
inscribirse, recoger su acreditación, subir a su habitación y sentarse en el
borde de la cama durante una hora, con el abrigo todavía puesto, mirando la
pared.
Después sacó de la maleta un objeto envuelto en un
calcetín de lana: un caballo de ajedrez tallado en hueso, amarillento por el
tiempo, con una grieta que lo recorría del cuello a la base. Lo había tallado
él mismo en el invierno de 1944, con un trozo de mango de cuchara y un clavo.
Era lo único que conservaba de aquel lugar. Lo sostuvo en la palma y, por
primera vez en muchos años, dejó que el recuerdo entrara por completo, sin
defensas, como quien abre la puerta a un acreedor al que sabe que ya no puede seguir
evitando.