Capítulo 2
El hombre que arreglaba el tiempo
El campo no tenía nombre en su memoria; tenía olor. A barro helado, a
humo dulzón que no convenía pensar de dónde venía, a cuerpos amontonados en
barracones que en verano hervían y en invierno mataban. Lázaro había llegado
allí en octubre de 1943, en un vagón de ganado desde Drancy, junto a su esposa
Régine y su hija Noémie, de nueve años. En el andén los separaron. A él lo
mandaron a la izquierda. A ellas, a la derecha. Tardó tres días en comprender
qué significaba la derecha, y cuando lo comprendió, algo dentro de él dejó de
funcionar, como un reloj al que se le ha roto el muelle real: la maquinaria
seguía girando, pero ya no marcaba la hora de nadie.
Sobrevivió porque sabía un oficio. En el formulario de
ingreso, donde preguntaban profesión, había escrito relojero. Un Kapo lo señaló
y lo destinó al taller donde se reparaban los relojes confiscados a los recién
llegados —miles de relojes, montañas de ellos, que los oficiales repartían
entre sí o enviaban a sus casas en Alemania. Lázaro pasaba el día desmontando
mecanismos diminutos, ajustando muelles, devolviendo a la vida objetos que
habían pertenecido a muertos. Era un trabajo bajo techo. Bajo techo se vivía
más. Esa era toda la moral del lugar.
Lo llamaban der Uhrmacher, el relojero. Pasaba
desapercibido, que era la mayor de las virtudes. Un hombre invisible es un
hombre que respira un día más.
* * *
Su talento secreto lo delató una tarde de diciembre.
El oficial Paul Meissner, encargado de la administración del taller y de media
docena de barracones, era un hombre metódico, frío, que no levantaba la voz
porque no le hacía falta. Aquella tarde encontró a dos guardias inclinados
sobre un tablero improvisado, discutiendo una jugada. Lázaro, que limpiaba el
suelo cerca, sin levantar la vista ni interrumpir su trabajo, murmuró que las
negras daban mate en tres.
Se hizo un silencio peligroso. Un prisionero no
corregía a un guardia. Meissner se acercó, miró el tablero, miró al relojero
encorvado sobre el trapo.
—Demuéstralo —dijo.
Lázaro movió tres piezas. Mate. Los guardias lo
miraron como se mira a un perro que de pronto ha hablado. Meissner no dijo nada
entonces. Pero al día siguiente mandó llamar al relojero a su oficina, donde
había un tablero de marfil sobre el escritorio, y le ordenó sentarse.
—Dicen que los de tu raza sois buenos con los números
y con el dinero —dijo Meissner, colocando las piezas—. Veremos si también con
esto.
Jugaron. Meissner era bueno; había sido campeón de su
regimiento. Lázaro lo derrotó en veintidós movimientos sin proponérselo,
simplemente porque no sabía perder a propósito, porque el tablero era el único
lugar donde aún era él mismo y no podía mentirle. Comprendió su error en cuanto
cayó el rey blanco. Acababa de humillar a un oficial de las SS. En aquel lugar,
eso podía costar la vida.
Meissner se quedó mirando el tablero un largo rato.
Después, para sorpresa de Lázaro, sonrió apenas.
—Otra vez —dijo.