Betzana

Capítulo 5

La partida final

22 May 2026 2 vistas 4 min

Se celebró un domingo de marzo, en el comedor de oficiales, bajo retratos y banderas. Habían despejado las mesas y colocado una sola en el centro, con un tablero y dos sillas. A Lázaro lo habían lavado, afeitado y vestido con ropa que no era la suya, para que no ofendiera la vista de los invitados. Le habían dado de comer por primera vez en meses una comida de verdad, no por compasión, sino porque un jugador desfallecido habría arruinado el espectáculo.

Su rival, el Sturmbannführer Eckhart, era un hombre alto, elegante, de modales suaves, que jugaba al ajedrez con la frialdad con que probablemente firmaba sentencias. Apenas miró al relojero al sentarse, como quien se sienta frente a una máquina.

Lázaro miró el tablero. Las piezas blancas, las de Eckhart, brillaban. Las negras, las suyas, estaban gastadas. Y entonces, mientras el árbitro anunciaba el comienzo, comprendió por fin lo que Meissner había estado tratando de hacerle entender durante semanas.

No tenía que ganar la partida. Ni perderla. Tenía que sobrevivir a ella. Y para un hombre que lo había perdido todo, sobrevivir significaba una sola cosa: no entregarles también lo último que le quedaba, que era el saber quién era.

Jugó. Jugó como no había jugado en toda su vida. Cada movimiento era una frase en un idioma que solo él y Eckhart hablaban, y por debajo de ese idioma corría otro, secreto, dirigido a los muertos: a Régine, a Noémie, al profesor de Salónica que había desaparecido una mañana sin que nadie dijera nada. Movía por ellos. Y Eckhart, que era un gran jugador, empezó a sudar, porque comprendió hacia la jugada veinte que aquel esqueleto vestido de prestado lo estaba superando.

Lázaro llegó a una posición ganadora. La vio con absoluta claridad: tres movimientos, y el rey blanco caía. El comedor entero contenía la respiración. Y entonces levantó la vista y encontró, entre el público, los ojos de Meissner. El oficial no hizo ningún gesto. Pero Lázaro entendió. Ganar aquella partida, delante de toda aquella gente, era firmar su propia sentencia, y no solo la suya: Brandt era capaz de fusilar a diez prisioneros del barracón por el bochorno.

Tenía la victoria en la mano. Y tenía que decidir qué clase de hombre quería ser en los pocos minutos que quizá le quedaran de vida.

* * *

Lo que hizo Lázaro Behar aquella tarde no se lo contó a nadie durante dieciocho años. Movió. Una jugada que parecía brillante, agresiva, casi temeraria, y que un ojo experto admiraría —y Eckhart la admiró—, pero que escondía, tres movimientos más adelante, un error invisible, una puerta diminuta que él mismo dejaba entornada. No regaló la partida. La perdió como se pierde una guerra: combatiendo hasta el final, cediendo el terreno palmo a palmo, de modo que el vencedor no pudiera nunca disfrutar del todo de su victoria porque sabría, en el fondo, que le había costado demasiado.

Eckhart dio mate al cabo de cuarenta movimientos. Se levantó, se ajustó la guerrera y, antes de marcharse, hizo algo que nadie esperaba: tendió la mano al relojero. Lázaro la miró. No podía rechazarla sin morir. La estrechó. Fue el apretón de manos más amargo de su vida, y el público aplaudió, creyendo que asistía a un gesto de deportividad, sin comprender que asistían a un robo.

Esa noche, Meissner lo mandó llamar. No jugaron. El oficial le sirvió, en silencio, una copa de coñac —el mismo coñac que era el premio de los vencedores— y se la puso delante.

—Hoy ha ganado usted —dijo Meissner.

—Hoy he perdido —respondió Lázaro.

—No. Ellos creen que ha perdido. Usted y yo sabemos lo otro. —Meissner bebió—. He visto a muchos hombres morir aquí. Casi ninguno eligió cómo. Usted, hoy, eligió. Eso es más de lo que la mayoría consigue.

Lázaro no tocó la copa. Lo que dijo entonces fue lo único cruel que dijo en todo aquel invierno, y lo dijo con la voz tranquila del que ya no teme nada:

—No me confunda con su conciencia, oficial. Yo no estoy aquí para que usted duerma mejor.

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