Capítulo 5
La partida final
Se celebró un domingo de marzo, en el comedor de oficiales, bajo retratos
y banderas. Habían despejado las mesas y colocado una sola en el centro, con un
tablero y dos sillas. A Lázaro lo habían lavado, afeitado y vestido con ropa
que no era la suya, para que no ofendiera la vista de los invitados. Le habían
dado de comer por primera vez en meses una comida de verdad, no por compasión,
sino porque un jugador desfallecido habría arruinado el espectáculo.
Su rival, el Sturmbannführer Eckhart, era un hombre
alto, elegante, de modales suaves, que jugaba al ajedrez con la frialdad con
que probablemente firmaba sentencias. Apenas miró al relojero al sentarse, como
quien se sienta frente a una máquina.
Lázaro miró el tablero. Las piezas blancas, las de
Eckhart, brillaban. Las negras, las suyas, estaban gastadas. Y entonces,
mientras el árbitro anunciaba el comienzo, comprendió por fin lo que Meissner
había estado tratando de hacerle entender durante semanas.
No tenía que ganar la partida. Ni perderla. Tenía que
sobrevivir a ella. Y para un hombre que lo había perdido todo, sobrevivir
significaba una sola cosa: no entregarles también lo último que le quedaba, que
era el saber quién era.
Jugó. Jugó como no había jugado en toda su vida. Cada
movimiento era una frase en un idioma que solo él y Eckhart hablaban, y por
debajo de ese idioma corría otro, secreto, dirigido a los muertos: a Régine, a
Noémie, al profesor de Salónica que había desaparecido una mañana sin que nadie
dijera nada. Movía por ellos. Y Eckhart, que era un gran jugador, empezó a
sudar, porque comprendió hacia la jugada veinte que aquel esqueleto vestido de
prestado lo estaba superando.
Lázaro llegó a una posición ganadora. La vio con
absoluta claridad: tres movimientos, y el rey blanco caía. El comedor entero
contenía la respiración. Y entonces levantó la vista y encontró, entre el
público, los ojos de Meissner. El oficial no hizo ningún gesto. Pero Lázaro
entendió. Ganar aquella partida, delante de toda aquella gente, era firmar su
propia sentencia, y no solo la suya: Brandt era capaz de fusilar a diez
prisioneros del barracón por el bochorno.
Tenía la victoria en la mano. Y tenía que decidir qué
clase de hombre quería ser en los pocos minutos que quizá le quedaran de vida.
* * *
Lo que hizo Lázaro Behar aquella tarde no se lo contó
a nadie durante dieciocho años. Movió. Una jugada que parecía brillante,
agresiva, casi temeraria, y que un ojo experto admiraría —y Eckhart la admiró—,
pero que escondía, tres movimientos más adelante, un error invisible, una
puerta diminuta que él mismo dejaba entornada. No regaló la partida. La perdió
como se pierde una guerra: combatiendo hasta el final, cediendo el terreno
palmo a palmo, de modo que el vencedor no pudiera nunca disfrutar del todo de
su victoria porque sabría, en el fondo, que le había costado demasiado.
Eckhart dio mate al cabo de cuarenta movimientos. Se
levantó, se ajustó la guerrera y, antes de marcharse, hizo algo que nadie
esperaba: tendió la mano al relojero. Lázaro la miró. No podía rechazarla sin
morir. La estrechó. Fue el apretón de manos más amargo de su vida, y el público
aplaudió, creyendo que asistía a un gesto de deportividad, sin comprender que
asistían a un robo.
Esa noche, Meissner lo mandó llamar. No jugaron. El
oficial le sirvió, en silencio, una copa de coñac —el mismo coñac que era el
premio de los vencedores— y se la puso delante.
—Hoy ha ganado usted —dijo Meissner.
—Hoy he perdido —respondió Lázaro.
—No. Ellos creen que ha perdido. Usted y yo sabemos lo
otro. —Meissner bebió—. He visto a muchos hombres morir aquí. Casi ninguno
eligió cómo. Usted, hoy, eligió. Eso es más de lo que la mayoría consigue.
Lázaro no tocó la copa. Lo que dijo entonces fue lo
único cruel que dijo en todo aquel invierno, y lo dijo con la voz tranquila del
que ya no teme nada:
—No me confunda con su conciencia, oficial. Yo no
estoy aquí para que usted duerma mejor.