Capítulo 4
Las reglas del que no tiene nada
Ganó al teniente Hoffmann perdiendo. Es decir: lo dejó ganar, pero de un
modo tan sutil que Hoffmann salió convencido de su propio talento y, magnánimo,
le regaló media salchicha. Perdió ante el doctor Vogel ganando: lo derrotó
limpiamente, y Vogel, que era el único de ellos capaz de apreciar el juego por
sí mismo, en lugar de ofenderse le consiguió una manta. El relojero aprendió a
leer a sus verdugos como leía un mecanismo averiado: este es vanidoso,
aflojarle el orgullo; este es inteligente, respetarlo; este es cruel y débil,
jamás humillarlo del todo.
Meissner observaba. No jugaba en el torneo oficial
—decía que un administrador no debía rebajarse a apostar con prisioneros— pero
por las noches, a veces, mandaba traer al relojero a su oficina y jugaban en
privado, sin público y sin premios. Eran las únicas partidas en que Lázaro
jugaba de verdad, con todas sus fuerzas, y Meissner lo sabía y lo prefería así.
—En el torneo usted miente —le dijo una noche el
oficial—. Aquí no. Aquí quiero ver al hombre que de verdad es.
—¿Por qué? —se atrevió a preguntar Lázaro.
Meissner tardó en responder. Movió un alfil.
—Porque es lo único limpio que queda en este lugar
—dijo al fin—. Y a veces necesito recordar que sé reconocer algo limpio cuando
lo veo.
Lázaro no supo qué hacer con aquella frase. Durante
años, después, le daría vueltas. Era posible que un hombre administrara la
maquinaria del horror durante el día y, por la noche, buscara en un tablero la
prueba de que aún conservaba un alma. Era posible, y era monstruoso, y era
humano, y esas tres cosas convivían en Paul Meissner sin anularse, lo cual era
quizá lo más terrible de todo.
Porque habría sido más fácil que fuera un monstruo
entero.
* * *
Una madrugada de febrero, Meissner detuvo la partida a
mitad y lo miró fijamente.
—Brandt quiere organizar una partida final —dijo—. Una
exhibición. Usted contra el campeón de la guarnición de la región, un tal
Sturmbannführer que viene de visita. Habrá apuestas grandes. Oficiales de toda
la comarca.
—¿Y si gano? —preguntó Lázaro.
Meissner colocó el rey negro en su sitio con dos
dedos, despacio.
—No puede ganar —dijo—. Pero tampoco puede dejarse
ganar de forma evidente, porque ese hombre sabe jugar y se daría cuenta, y un
judío que regala una partida lo insultaría aún más que un judío que la gana.
—Hizo una pausa—. Tendrá que perder de verdad. Jugando lo mejor que sepa, y
perdiendo de todos modos. Esa es la única salida que le veo.
—Eso es imposible —dijo Lázaro—. Si juego lo mejor que
sé, no sé perder.
Meissner lo miró durante un largo instante, y en sus
ojos había algo que Lázaro no supo descifrar entonces, y que solo dieciocho
años más tarde, en un hotel de Ámsterdam, empezaría a comprender.
—Entonces tendremos que pensarlo juntos —dijo el
oficial.