Betzana

Capítulo 4

Las reglas del que no tiene nada

22 May 2026 2 vistas 3 min

Ganó al teniente Hoffmann perdiendo. Es decir: lo dejó ganar, pero de un modo tan sutil que Hoffmann salió convencido de su propio talento y, magnánimo, le regaló media salchicha. Perdió ante el doctor Vogel ganando: lo derrotó limpiamente, y Vogel, que era el único de ellos capaz de apreciar el juego por sí mismo, en lugar de ofenderse le consiguió una manta. El relojero aprendió a leer a sus verdugos como leía un mecanismo averiado: este es vanidoso, aflojarle el orgullo; este es inteligente, respetarlo; este es cruel y débil, jamás humillarlo del todo.

Meissner observaba. No jugaba en el torneo oficial —decía que un administrador no debía rebajarse a apostar con prisioneros— pero por las noches, a veces, mandaba traer al relojero a su oficina y jugaban en privado, sin público y sin premios. Eran las únicas partidas en que Lázaro jugaba de verdad, con todas sus fuerzas, y Meissner lo sabía y lo prefería así.

—En el torneo usted miente —le dijo una noche el oficial—. Aquí no. Aquí quiero ver al hombre que de verdad es.

—¿Por qué? —se atrevió a preguntar Lázaro.

Meissner tardó en responder. Movió un alfil.

—Porque es lo único limpio que queda en este lugar —dijo al fin—. Y a veces necesito recordar que sé reconocer algo limpio cuando lo veo.

Lázaro no supo qué hacer con aquella frase. Durante años, después, le daría vueltas. Era posible que un hombre administrara la maquinaria del horror durante el día y, por la noche, buscara en un tablero la prueba de que aún conservaba un alma. Era posible, y era monstruoso, y era humano, y esas tres cosas convivían en Paul Meissner sin anularse, lo cual era quizá lo más terrible de todo.

Porque habría sido más fácil que fuera un monstruo entero.

* * *

Una madrugada de febrero, Meissner detuvo la partida a mitad y lo miró fijamente.

—Brandt quiere organizar una partida final —dijo—. Una exhibición. Usted contra el campeón de la guarnición de la región, un tal Sturmbannführer que viene de visita. Habrá apuestas grandes. Oficiales de toda la comarca.

—¿Y si gano? —preguntó Lázaro.

Meissner colocó el rey negro en su sitio con dos dedos, despacio.

—No puede ganar —dijo—. Pero tampoco puede dejarse ganar de forma evidente, porque ese hombre sabe jugar y se daría cuenta, y un judío que regala una partida lo insultaría aún más que un judío que la gana. —Hizo una pausa—. Tendrá que perder de verdad. Jugando lo mejor que sepa, y perdiendo de todos modos. Esa es la única salida que le veo.

—Eso es imposible —dijo Lázaro—. Si juego lo mejor que sé, no sé perder.

Meissner lo miró durante un largo instante, y en sus ojos había algo que Lázaro no supo descifrar entonces, y que solo dieciocho años más tarde, en un hotel de Ámsterdam, empezaría a comprender.

—Entonces tendremos que pensarlo juntos —dijo el oficial.

Comentarios

Inicia sesión para comentar

Iniciar sesión

Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero!