La sala sin nombre

Capítulo 13 • 10 Feb 2026 2 vistas 4 min

Llegué al perímetro de San Marcos después del anochecer.

No usé mi credencial. No entré por la puerta principal. Seguí las indicaciones de Lucía al pie de la letra: el acceso de mantenimiento, el pasillo de servicio, la escalera que no figuraba en ningún plano porque, oficialmente, no llevaba a ninguna parte.

El edificio estaba más silencioso de lo habitual. No el silencio clínico del día, sino uno expectante, como si el lugar supiera que algo estaba a punto de romperse.

La puerta era metálica, sin identificación. Solo un lector antiguo y una luz roja fija.

Toqué dos veces. No fuerte. Preciso.

La luz cambió a verde.

Entré.

La sala era más pequeña de lo que esperaba. Mesa rectangular. Seis sillas. Ninguna pantalla. Ningún micrófono visible. Las paredes estaban recubiertas con un material opaco que absorbía el sonido. La sala sin nombre.

Ya había cuatro personas sentadas cuando entré.

Reconocí al director.
A la mujer de la tablet.
A dos hombres que nunca había visto, pero que se movían con la comodidad de quienes pertenecen al lugar.

—Doctora Rivas —dijo el director—. Gracias por venir.

—No vine por cortesía —respondí—. Vine por respuestas.

—Las respuestas dependen de lo que esté dispuesta a ofrecer —dijo uno de los hombres.

Me senté sin pedir permiso.

—Tengo el archivo —dije—. El externo.

Hubo una pausa. Breve, pero reveladora.

—Sabíamos que llegaría a usted —admitió la mujer—. Era inevitable.

—¿Por qué no lo destruyeron?

—Porque destruirlo implicaba reconocerlo —respondió el director—. Y San Marcos no reconoce. Contiene.

—¿Cuántos saben? —pregunté.

—Los necesarios —dijo—. Y los suficientes para que nada cambie.

Saqué el pendrive y lo dejé sobre la mesa. Nadie lo tocó.

—Ese archivo no es solo mío —continué—. Hay otros nombres. Otras decisiones. Otros silencios.

—Sí —admitió el director—. Y todos ellos aceptaron el acuerdo.

—¿Cuál acuerdo?

El hombre a mi derecha habló por primera vez.

—El de no ser los únicos culpables.

Sentí una rabia fría recorrerme el pecho.

—¿Y Marco? —pregunté—. ¿También aceptó?

—Marco entendió antes que nadie —respondió la mujer—. Que aquí, la culpa se administra.

—No —dije—. Marco entendió que ustedes necesitaban un contenedor.
—Alguien que cargara con lo que otros no querían mirar.

El director me observó con atención.

—Usted también cargó —dijo—. Durante seis años.

—Porque me ayudaron a olvidar.

—Porque nos lo pidió.

Asentí.

—Y fue un error.

El silencio cayó pesado.

—Aún puede corregirlo —dijo el director—. Entregue el archivo. Regrese al protocolo. Podemos ajustar la dosis. Esta vez, de forma permanente.

—¿Y seguir aquí? —pregunté—. ¿Evaluando a otros mientras me borran?

—Viviendo sin esa carga —respondió.

Me incliné hacia adelante.

—Eso no es vivir —dije—. Es quedar en pausa.

Nadie respondió.

—Voy a salir de aquí —continué—. Con o sin ustedes.
—La diferencia es si van a caer conmigo… o después.

El director cerró los ojos un segundo. Solo uno.

—Si cruza esa puerta con el archivo —dijo—, deja de ser protegida.

—Nunca lo estuve —respondí.

Me levanté. Nadie intentó detenerme.

Antes de salir, el hombre que no había hablado me dijo en voz baja:

—Cuando esto se rompa, no quedará nadie limpio.

Me detuve en el umbral.

—Nunca lo hubo.

Cerré la puerta detrás de mí.

El pasillo parecía más largo que antes. Pero esta vez no me detuve. Caminé hasta sentir el aire exterior otra vez.

Mientras avanzaba hacia la salida, supe algo con una claridad incómoda:

San Marcos no iba a desaparecer de un día para otro.
Pero la grieta ya estaba abierta.

Y ahora, la pregunta no era si el sistema iba a caer.

Era a quién iba a arrastrar primero.

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