Capítulo 1
El hombre que quería tocar el cielo
Antes de la frase, antes del mito, antes de que su apellido se
convirtiera en bandera de quienes afirman que el mundo nos ha mentido, hubo un
niño suizo que miraba demasiado hacia arriba.
Auguste Piccard nació en Basilea, Suiza, en enero de 1884, junto a su
hermano gemelo Jean Félix. Crecieron en una familia donde la ciencia no era una
carrera sino una forma de respirar. Mientras otros niños jugaban en las orillas
del Rin, Auguste se preguntaba qué había más arriba de las nubes que coronaban
los Alpes. No las montañas. Más arriba. Donde el aire se vuelve tan delgado que
deja de ser aire.
Se formó como físico e ingeniero en el prestigioso Instituto Federal
Suizo de Tecnología. Era amigo y contemporáneo de Albert Einstein —llegaron a
coincidir en los célebres Congresos Solvay, donde se reunía la élite científica
del planeta para discutir la nueva física que estaba reescribiendo el
universo—. Piccard no era un excéntrico al margen de la ciencia. Era uno de sus
protagonistas.
Pero tenía una obsesión que sus colegas consideraban casi temeraria:
quería medir los rayos cósmicos, esa misteriosa radiación que llega desde el
espacio y que en aquellos años apenas se empezaba a comprender. Y para medirlos
bien, había que escapar de la atmósfera densa que los distorsionaba. Había que
subir. Subir más alto que nadie.
El problema era brutalmente simple: por encima de cierta altura, el
cuerpo humano muere. El aire se vuelve irrespirable, la presión cae, la sangre
literalmente hierve. Ningún globo había llevado jamás a un ser humano a la
estratosfera y lo había devuelto vivo. Piccard decidió que él sería el primero.
Para lograrlo no le bastaba con valentía. Necesitaba inventar algo que no
existía. Y lo inventó.