Capítulo 2
La cápsula de aluminio
La idea de Piccard era de una elegancia desconcertante: si no podía
llevar la atmósfera consigo, fabricaría una atmósfera propia. Diseñó una esfera
de aluminio presurizada, hermética, capaz de mantener en su interior una bolsa
de aire respirable mientras el globo la arrastraba hacia altitudes donde la
presión externa era casi nula.
Era, en esencia, la primera cabina presurizada de la historia. El mismo
principio que hoy permite que vueles cómodamente a once mil metros sin morir
asfixiado nació en la mente de este suizo obstinado. La esfera medía poco más
de dos metros de diámetro. Por dentro era claustrofóbica, ruidosa, incómoda.
Por fuera parecía un objeto venido de otro mundo.
La esfera tenía pequeñas ventanas circulares —portillas— de apenas ocho
centímetros de diámetro. Ocho centímetros. Recuerda este detalle, porque más
adelante será decisivo. Por esos diminutos ojos de vidrio Piccard pretendía
observar la Tierra desde una altura jamás alcanzada por ser humano alguno.
El globo que la elevaría era colosal: lleno de hidrógeno, capaz de
expandirse a medida que ascendía y la presión exterior disminuía. La
combinación de globo de hidrógeno y cápsula presurizada era una apuesta
absoluta. Si la esfera fallaba, Piccard moriría en silencio, a kilómetros de
cualquier ayuda posible. Si el globo se rompía, caería desde el cielo dentro de
un ataúd de aluminio.
Sus colegas lo miraban con una mezcla de admiración y horror. La prensa
lo trataba como a un loco magnífico. Y Piccard, con esa calma que solo tienen
quienes ya han decidido jugarse la vida, terminó de ajustar cada remache, cada
válvula, cada sello. En la primavera de 1931, su máquina imposible estaba
lista.
Solo faltaba el cielo.