Betzana

Capítulo 2

La cápsula de aluminio

26 May 2026 1 vistas 2 min

La idea de Piccard era de una elegancia desconcertante: si no podía llevar la atmósfera consigo, fabricaría una atmósfera propia. Diseñó una esfera de aluminio presurizada, hermética, capaz de mantener en su interior una bolsa de aire respirable mientras el globo la arrastraba hacia altitudes donde la presión externa era casi nula.

Era, en esencia, la primera cabina presurizada de la historia. El mismo principio que hoy permite que vueles cómodamente a once mil metros sin morir asfixiado nació en la mente de este suizo obstinado. La esfera medía poco más de dos metros de diámetro. Por dentro era claustrofóbica, ruidosa, incómoda. Por fuera parecía un objeto venido de otro mundo.

La esfera tenía pequeñas ventanas circulares —portillas— de apenas ocho centímetros de diámetro. Ocho centímetros. Recuerda este detalle, porque más adelante será decisivo. Por esos diminutos ojos de vidrio Piccard pretendía observar la Tierra desde una altura jamás alcanzada por ser humano alguno.

El globo que la elevaría era colosal: lleno de hidrógeno, capaz de expandirse a medida que ascendía y la presión exterior disminuía. La combinación de globo de hidrógeno y cápsula presurizada era una apuesta absoluta. Si la esfera fallaba, Piccard moriría en silencio, a kilómetros de cualquier ayuda posible. Si el globo se rompía, caería desde el cielo dentro de un ataúd de aluminio.

Sus colegas lo miraban con una mezcla de admiración y horror. La prensa lo trataba como a un loco magnífico. Y Piccard, con esa calma que solo tienen quienes ya han decidido jugarse la vida, terminó de ajustar cada remache, cada válvula, cada sello. En la primavera de 1931, su máquina imposible estaba lista.

Solo faltaba el cielo.


 

Comentarios

Inicia sesión para comentar

Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero!