Capítulo 3
El torneo de los oficiales
La idea no fue de Meissner, sino de su superior, el Obersturmführer
Brandt, un hombre de cara colorada que se aburría profundamente en aquel rincón
del infierno y que necesitaba algo con que entretener a la oficialidad durante
el largo invierno. Cuando Meissner mencionó, casi de pasada, que había un judío
en el taller de relojes que jugaba al ajedrez como un demonio, a Brandt se le
iluminó la cara.
Así nació lo que los oficiales llamaron, entre risas,
das Spiel der toten Männer: el juego de los hombres muertos. La mecánica era
sencilla y cruel. Cada cierto número de días, un oficial se enfrentaba al
relojero. Si el oficial ganaba, recibía una caja de coñac francés y la
admiración de sus compañeros. Si perdía, no perdía nada: era solo un judío, al
fin y al cabo. Pero el relojero sí jugaba por algo. Si ganaba, recibía una
hogaza de pan y autorización para una semana más en el taller. Si perdía —y aquí
estaba el filo de la cosa— quedaba a discreción del oficial derrotado.
Brandt lo explicó al relojero con la cortesía de quien
explica las reglas de un juego de salón:
—Usted comprende, Uhrmacher, que ningún caballero
alemán tolera ser vencido por alguien como usted. De modo que cada partida que
gane será, digamos, un pequeño milagro que tendrá que negociar consigo mismo.
Pierda con elegancia y quizá viva. Gane demasiado y... en fin. Es ajedrez. Hay
que pensar varias jugadas por delante.
Lázaro entendió la trampa con perfecta claridad. Si
perdía siempre, dejarían de divertirse con él y lo enviarían de vuelta a la
masa anónima de la que nadie volvía. Si ganaba siempre, alguno de aquellos
hombres, herido en su orgullo, lo haría matar. Tenía que ganar lo suficiente
para seguir siendo útil y entretenido, y perder lo suficiente para seguir vivo.
Tenía que calcular, en cada partida, no el mejor movimiento, sino el movimiento
que lo mantendría respirando. El ajedrez, que siempre había sido su refugio, se
convirtió en la cosa más parecida a la tortura: jugar mal a propósito, contra
su propia naturaleza, sabiendo exactamente cuánto daño se hacía.
Esa noche, en el barracón, un viejo profesor de
Salónica que dormía en la litera de abajo le susurró:
—Te tienen jugando a dos tableros, relojero. En uno
mueves piezas. En el otro te mueven a ti.