Capítulo 3
27 de mayo de 1931
No despegó desde Suiza. Despegó desde Augsburgo, en Baviera, Alemania, en
la madrugada del 27 de mayo de 1931. Lo acompañaba un único pasajero: Paul
Kipfer, su asistente, un hombre que aceptó subir a una esfera experimental
sabiendo que las probabilidades no estaban claramente de su lado.
El ascenso comenzó suave, casi poético. El globo se elevó sobre los
campos bávaros mientras el sol todavía no terminaba de salir. Y entonces
ocurrió el primer problema: una de las válvulas de control falló. No podían
regular el ascenso. El globo subía, y subía, y subía, sin que ellos pudieran
detenerlo.
Para empeorar las cosas, un sello de la cápsula tenía una pequeña fuga.
Piccard tuvo que improvisar un parche con estopa y vaselina mientras el aire
escapaba lentamente al vacío exterior. Dos hombres encerrados en una esfera de
metal que ascendía sin control hacia un lugar donde nadie había estado,
sellando con las manos la grieta que los separaba de la muerte.
Y sin embargo, subieron. Atravesaron la frontera invisible donde termina
la troposfera y comienza la estratosfera: esa capa serena y helada donde el
aire deja de mezclarse, donde no hay nubes, donde el cielo cambia de color.
Alcanzaron los 15.781 metros de altura. Casi dieciséis kilómetros. Un récord
absoluto. Por primera vez, dos seres humanos estaban respirando —dentro de su
burbuja de aluminio— en la estratosfera del planeta.
Estaban más alto que cualquier persona en la historia. Más alto que
cualquier ave, cualquier montaña, cualquier sueño. Y desde esa altura
imposible, a través de aquellas portillas de ocho centímetros, Auguste Piccard
miró hacia abajo.
Lo que vio —y sobre todo, cómo lo describió— se convertiría, décadas más
tarde, en una de las frases más manipuladas del siglo.