Capítulo 4
El silencio de la estratosfera
Imagina el momento. Dieciséis kilómetros de aire bajo tus pies. El cielo
sobre ti ya no es azul claro sino un violeta profundo, casi negro, porque a esa
altura queda tan poca atmósfera que la luz apenas se dispersa. El sol arde sin
calentar. Y abajo, muy abajo, la Tierra.
Pero aquí aparece el primer dato que casi nadie menciona cuando repite la
famosa frase: a 15.781 metros, la curvatura de la Tierra es prácticamente
imperceptible. Suena contraintuitivo, pero es física pura. Esa altura, aunque
récord para 1931, no es muy superior a la que alcanza hoy un avión comercial.
Desde un vuelo de pasajeros tú tampoco ves una esfera evidente bajo tus pies.
Ves un horizonte que parece, a grandes rasgos, plano. La curvatura solo se
vuelve obvia mucho más arriba, ya en el espacio.
Ahora suma el otro factor. Piccard no estaba asomado a una ventana
panorámica. Miraba por portillas de ocho centímetros de diámetro, empañadas por
el frío, en una esfera que giraba lentamente. Su campo de visión era el de
mirar el mundo a través del fondo de un vaso.
Y había un detalle más, geográfico, que pocos toman en cuenta. El
despegue fue desde Baviera. Hacia el sur se alzaban los Alpes suizos; hacia el
sureste, los Alpes austríacos. Es decir: en varias direcciones, el horizonte de
Piccard estaba literalmente levantado por cadenas montañosas. Montañas que se
elevaban en los bordes de lo que él alcanzaba a ver.
Junta todas las piezas. Un horizonte casi plano por la altura
insuficiente. Montañas que levantan los extremos de la vista. Portillas
minúsculas. Y un hombre tratando de poner en palabras algo que ningún ser
humano había descrito jamás, sin un vocabulario previo para hacerlo.
¿Qué dirías tú? ¿Cómo describirías una imagen que nadie en la historia
había visto antes?
Piccard —o quien escribió por él— eligió una imagen. Y esa imagen lo
perseguiría para siempre.