Capítulo 12
Cartas sin enviar
Valentina tenía un cuaderno que nadie había leído. Lo llevaba desde los veintiún años, cuando alguien le dijo que escribir las cosas que no podías decir en voz alta era una manera honesta de no guardárselas.
En ese cuaderno había de todo: miedos, decisiones a medias, conversaciones imaginadas, frases que le habían dolido y frases que habían curado.
Después de conocer a Mateo, empezó a aparecer en las páginas. Al principio solo como un nombre. Luego como una pregunta. Luego como una certeza que le costaba trabajo sostener sin derramarse.
Un día Mateo encontró el cuaderno en la mesilla. No lo abrió. Solo lo miró y preguntó:
—¿Escribes?
—A veces. Cosas que no le cuento a nadie.
—¿Ni a mí?
Valentina lo pensó un momento.
—Algún día —dijo—. Cuando encuentre las palabras.
Mateo asintió sin insistir. Eso era lo que hacía: respetar los silencios de ella igual que ella respetaba los suyos.
Esa noche, antes de dormir, Valentina abrió el cuaderno y escribió: 'Creo que ya encontré las palabras. Solo necesito el momento.'