Capítulo 14
Lisboa
Fue Mateo quien propuso el viaje. Quería enseñarle Lisboa, la ciudad que había sido suya durante cuatro años y que llevaba guardada como se guardan las cosas que no quieres compartir con cualquiera.
Valentina nunca había estado. La tenía en sus postales, claro: esa imagen de azulejos y miradores y un río que parece el mar. Pero las postales no huelen. No suenan. No tienen la textura del adoquín bajo los pies.
Lisboa en persona fue otra cosa.
Mateo la llevó por calles que conocía como si fueran suyas. Le habló de los edificios que había estudiado, de los que admiraba, de los que le habían enseñado cosas. Le presentó la ciudad como se presenta a una persona querida.
Una tarde, sentados en un mirador con el Tajo al fondo y el sol cayendo despacio, Valentina entendió por qué Mateo era como era.
—Aquí aprendiste a estar solo —dijo, no como una pregunta.
—Sí —confirmó él—. Y también aprendí que no quería seguir siéndolo.
Valentina apoyó la cabeza en su hombro.
—Me alegra que hayas vuelto.
Mateo le besó el pelo.
—Yo también.