Capítulo 5
Lo que no se dice
Después del jueves de lluvia hubo más jueves. Y algún miércoles. Y una tarde de sábado que nadie planeó pero que sucedió igual.
Valentina aprendió que Mateo era arquitecto, que había vivido cuatro años en Lisboa, que no podía dormir si había ruido y que era capaz de hablar durante horas sobre la luz natural en los edificios con la misma pasión con la que ella hablaba de los primeros párrafos de una novela.
Mateo aprendió que Valentina había estudiado filología, que tenía una hermana que vivía en el norte y con quien hablaba todos los domingos, que coleccionaba postales de ciudades que no había visitado y que se le daba fatal mentir.
Lo que ninguno de los dos decía era lo más importante.
Era esa tensión que existe entre dos personas que saben perfectamente lo que está pasando pero han acordado tácitamente no nombrarlo todavía. Como si ponerle palabras pudiera romperlo.
Una noche, caminando de vuelta al metro, Mateo le rozó la mano. Fue un segundo. Quizás menos. Pero Valentina sintió ese roce durante horas después.
Ninguno de los dos lo mencionó.
Pero ambos lo recordaron.